tormenta de verano

La enfermera entra en la habitación. Saluda a los familiares y los invita a salir. Será un momento, dice. Los familiares salen de la habitación, obedientes, en silencio, dejando cada uno la estela de sus perfumes.

La enfermera se sienta en el pequeño sofá, saca un móvil del bolsillo de la bata y envia un sms. Espera sentada unos segundos hasta que recibe respuesta. Sonríe al leerla. Se incorpora, mira al paciente y comprueba que sigue durmiendo, o inconsciente, muerto no, y sale de la habitación. Ya pueden pasar, dice a los familiares que esperaban en el pasillo. Gracias, contesta uno de ellos, la madre, quizás. Y van entrando poco a poco en la habitación, situándose, casi sin querer, en el mismo sitio en el que estaban antes de salir. Excepto el abuelo, que decide quedarse a los pies de la cama. Uno de los familiares dice que se va a comprar un coche. Entonces se hace un silencio pulcro, casi celestial. Alguien abre el grifo en el lavabo de la habitación contigua y el agua corre por las tuberías y la habitación, antes velatorio, es ahora un arroyo en el que se bañan los familiares del niño, celebrando la recuperación, o quizá no celebrando nada. Uno de ellos mira a su alrededor y comprueba que son muchos ahí dentro. Somos demasiados, piensa. Decide contarlos pero lo interrumpe la enfermera, que entra de nuevo y les invita a salir. Los familiares vuelven a salir. Todos apoyan las espaldas en las paredes del pasillo, excepto la tía, que decide ir a tomar un café. ¿Alguien se viene?, invita. Pero nadie contesta. ¿Queréis algo del bar?, insiste. No, gracias, dice alguien, al fondo, quizá el hijo mayor. Bueno, pues ahora vengo. Da media vuelta y se dirige al ascensor. En el último momento, el abuelo, con la mirada extraviada desde hace años, decide acompañarla. Suben hasta el bar. El bar es el ocho, papá, el ocho, éste. Tú has apretado al seis, pero da igual, no tenemos prisa. En el bar, la tía pide un café; al abuelo no le apetece nada. Se sientan uno enfrente del otro y la tía, mientras da pequeños sorbos, observa las manos del abuelo, que no dejan de moverse, como si quisieran deshacer un nudo que el tiempo fue apretando, día tras día, en silencio, hasta hoy, cuando el abuelo ha decidido deshacerlo. Cuánto tiempo hace que mi padre mueve así las manos, se pregunta la tía. El abuelo mira alrededor. Se levanta, se dirige a una mesa donde hay una pareja sentada y coge una servilleta del servilletero. Vuelve junto a la tía. Papá, aquí también había servilletas, mira. La tía mira a su padre esperando una respuesta que sabe no va a recibir. El abuelo se limpia las manos con la servilleta y la tira al suelo sin disimulo. La tía termina su café de un trago, recoge la servilleta y se levanta, ofreciéndole la mano a su padre. Vamos, le dice. En la habitación, los familiares esperan en silencio a la tía y al abuelo. Alguien carraspea. El herido, aún con los ojos cerrados, se humedece los labios con la lengua. Todos le miran. La tía y el abuelo acaban de entrar. Al ver la escena, la tía pregunta qué ha pasado. Nadie le responde. Entonces se dirige directamente a la madre y, en voz baja, cogiéndola del brazo, le pregunta: ¿Qué pasa? Pero la madre tampoco le responde. No quita la vista del herido, su hijo, el sobrino, nieto, primo, que acaba de humedecerse los labios. El abuelo se sienta en el sillón desde donde la enfermera envió y recibió el sms y se queda dormido. Al cabo de un rato alguien dice, nosotros nos vamos. A nadie parece importarle y de la habitación salen una pareja y sus dos hijos, que se dirigen al ascensor y bajan hasta el parking. Ya en el coche, el hombre le pregunta a la mujer algo que los hijos adolescentes, en los asientos traseros, no pueden escuchar. La mujer responde un seco sí mientras salen del parking. El hijo, sentado detrás del padre, mira por la ventana. Empieza a llover. Está lloviendo, anuncia. Ya lo vemos, le responde el padre. La hija escucha música a través de unos auriculares mientras se mira el dorso de las manos. En la habitación, la enfermera del sms entra de nuevo. Esta vez dice: No, no hace falta que salgan, será un momento. Y cambia la botella del suero, revisa la del calmante y le pone un termómetro debajo del brazo al niño. Mientras espera el resultado de la temperatura, le acaricia el pelo. Un familiar, quizá el tío, observa en secreto el gesto de la enfermera. También, en secreto, puede verle, entre los botones de la bata, el sujetador blanco y, por un momento, el horror del accidente de ese niño, quizá su sobrino, es olvidado por completo y el hombre se abandona en la imagen de esa porción de ropa interior y olvida también a su familia, a su mujer, que ahora se lava las manos en el lavabo, a su suegro, que duerme plácidamente en el sillón, a todos los familiares que le rodean en esos momentos y, finalmente, se olvida de sí mismo, a los pies de la cama, hasta que la enfermera le quita el termómetro al niño, lo mira y le dice a la madre: No tiene fiebre. Ya en casa, la mujer que respondió con un seco sí llama por teléfono a alguien. El padre, en su habitación, se descalza. Los hijos adolescentes cierran las puertas de sus respectivas habitaciones y el pasillo, un segundo antes iluminado, queda ahora en absoluta oscuridad. En la habitación del hospital, el abuelo se despierta y mira el reloj de su muñeca. Luego mira a su alrededor. Alguien dice: Nos vamos, ya vendremos mañana. Y salen de la habitación dos personas más, un hombre y una mujer. La mujer aprieta el botón del ascensor y una luz roja lo ilumina. El hombre espera a su lado. Al cabo de unos segundos, y antes de que el ascensor llegue, la mujer decide bajar por la escalera. Bajo caminando, ¿te vienes?, le pregunta al hombre. No, prefiero bajar en ascensor, le responde. Muy bien, dice la mujer mientras baja los primeros peldaños. Al fin, la puerta del ascensor se abre ante el hombre, que entra y saluda a una mujer que sostiene a un niño en brazos. El niño se mete un juguete de plástico en la boca. La madre, de vez en cuando, dice: Caca. El niño se ríe cuando descubre su imagen en el espejo, agita las manos y lanza el juguete al aire, manchando de babas la camisa del hombre. La madre le pide perdón con la mirada y el hombre dice: No importa, y recoge el juguete del suelo y se lo devuelve al niño. Cuando el ascensor llega a la planta baja, la mujer ya está esperando al hombre. Juntos caminan hacia el coche. En la habitación del hospital, el abuelo va al lavabo. El niño, el herido, sigue durmiendo, o inconsciente, muerto no. Se sabe que no está muerto por el ligero subir y bajar de las sábanas que le cubren. En casa, el padre que se ha descalzado, camina hasta la cocina, abre la nevera, coge una lata de cerveza, la abre y se la bebe a sorbos largos mientras camina por la estancia. La mujer continúa hablando con alguien por teléfono. Los hijos adolescentes siguen encerrados en sus habitaciones.
En la habitación del hospital, la tía se da cuenta de que el abuelo lleva mucho rato en el lavabo. Golpea en la puerta y pregunta: ¿Papá? Pero nadie responde al otro lado. Intenta abrir la puerta pero está cerrada por dentro. La tía aprieta el botón para llamar a la enfermera, que viene en pocos segundos. Mi padre está dentro del lavabo, no responde, le informa la tía. Un momento, ahora vengo, dice la enfermera, y sale a paso ligero de la habitación. Al poco rato vuelve con un hombre que viste de azul: pantalón azul, camisa azul, gorra azul. El hombre de azul pregunta qué ha pasado. La tía explica de nuevo lo ocurrido. El hombre de azul pica con los nudillos en la puerta del lavabo. ¿Hola?, pregunta. Entonces mete la mano en el bolsillo y saca una especie de ganzúa. Con un gesto rápido, eficaz y elegante, el hombre de azul abre la puerta del lavabo. En el coche, mientras conduce, el hombre manchado de babas apoya la mano derecha en la pierna de la mujer. Ésta se la retira y la deja apoyada en el cambio de marchas. El hombre tamborilea con los dedos el ritmo de la canción que suena por la radio. La mujer mira por la ventana: la gente corre a refugiarse de la lluvia, parece ser que a todo el mundo le pilló por sorpresa esta tormenta de verano. Parados ante un semáforo en rojo, las luces de las farolas iluminan las gotas de la ventanilla, que no dejan de moverse, como si buscasen una salida. El semáforo cambia a verde. El abuelo se ha dormido sentado en el váter. Tiene los pantalones bajados hasta los tobillos y apoya la barbilla en el pecho. La tía entra en el lavabo y zarandea al abuelo por los hombros. El anciano se despierta poco a poco y sonríe a su hija por primera vez en mucho tiempo. La tía le dice: Venga, papá, que te has quedado dormido, le ayuda a incorporarse y le sube los pantalones. El abuelo le pregunta: ¿Cuándo nos iremos de este sitio?, pero la tía no sabe qué contestarle. En la casa de los hijos adolescentes, la madre cuelga el teléfono. El padre mira el correo electrónico en su portátil, sentado en el sofá, con la tele encendida. El hijo abre la puerta de su habitación y, el pasillo, hasta ahora en la más absoluta oscuridad, se llena de tanta luz que las paredes y el suelo no son capaces de absorber. El hijo, bajo el umbral de la puerta, quizá por primera vez, observa cómo su sombra alargada llega hasta el otro extremo del pasillo. En la habitación del hospital, los tíos deciden irse, llevándose consigo al abuelo. Otros familiares también aprovechan para despedirse. Ahora, en la habitación, junto al niño herido, sólo quedan los padres. La madre tiene los brazos cruzados y está de pie, junto a la botella del suero. Comprueba que no se detenga el goteo. El padre se acaba de sentar en el sofá después de despedir a los últimos familiares. Ya me quedo yo esta noche, dice el padre. No, no, tú vete a casa, me quedo yo, responde la madre. El hombre con la camisa manchada de babas estaciona el coche en doble fila. Bájate, ya voy a aparcarlo, le propone a la mujer. La mujer coge una bolsa de plástico de su bolso y se la pone a modo de gorro antes de salir del coche y correr hacia la casa. El hombre la mira alejarse corriendo y entrar en la portería. El hijo adolescente, todavía de pie bajo el umbral de la puerta de su habitación, contemplando su sombra alargada, llama a la hermana y le dice que salga un momento. Al cabo de unos segundos, la hermana abre la puerta de su habitación y la luz hace que su sombra también se alargue hasta el otro extremo del pasillo. ¿Qué quieres?, pregunta la hermana. Mira las sombras, responde el hermano. ¿Qué?, vuelve a preguntar la hermana. Mira, y el hermano señala ahora las dos sombras alargadas, unidas por la cabeza, extendidas en el pasillo como sábanas negras al sol. La hermana se lo queda mirando unos segundos, y en su mirada hay una mezcla de compasión y desprecio. El hermano, sin levantar la vista del suelo, le pregunta: ¿Te habías fijado alguna vez?

Continúa...

antigua canción

El viento hacía golpear las ramas en la ventana del dormitorio.
Mi mujer dormía a mi lado, acurrucada, dándome la espalda, roncando. Busqué sus pies con los míos y les di una ligera patada.
Dejó de roncar y se movió, quedándose ahora boca arriba.


Las ramas seguían golpeando el cristal y, por un momento, pensé que podrían romperlo. Encendí la luz de la mesita, me incorporé y bajé la persiana. Pero ahora, al golpear las ramas contra la madera de ésta, el ruido se hacía más intenso. Así que decidí subirla de nuevo.
Desvelado como estaba, me calcé las zapatillas de estar por casa y bajé al salón. Pasé por delante de la habitación de mi hija. La puerta estaba cerrada. Era la primera vez que veía esa puerta cerrada.
Mi hijo estaba tumbado en el sofá viendo una película en blanco y negro. El salón estaba a oscuras, sólo iluminado por la luz grisácea de la pantalla.
— ¿Qué estás viendo? —le pregunté.
— Una película —me contestó mientras cogía el mando y apretaba el botón de pausa.
La imagen se quedó congelada mostrando el rostro afligido de una mujer. En el subtítulo se podía leer “Ya nada volverá a ser igual”.
— ¿Qué película es? —pregunté de nuevo.
— Una, ¿qué más da? —me respondió.
Y en ese momento no pude estar más de acuerdo con él. Sonreí. Notaba cómo me miraba de reojo, esperando a que me fuera de allí y lo dejase tranquilo. Es lo único que quiere mi hijo, que lo dejen tranquilo. Es lo único que queremos todos, ahora, después de lo ocurrido: tranquilizarnos.
— Buenas noches —le digo, sabiendo que no voy a obtener respuesta.
Voy al lavabo. La cisterna pierde agua desde hace unos días. Llamé al fontanero. Me dijo: “Mañana estaré ahí”. Mañana era ayer.
Me siento en la taza y me quedo un rato escuchando ese silbido de agua. Creo adivinar la melodía de una antigua canción infantil, aunque no recuerdo la letra.
Afuera, el viento continúa agitando las ramas del árbol, ahora con menos virulencia.
Decido salir al jardín.
Abro y cierro rápidamente la puerta para que no entre mucho aire. Soy consciente de que no he cogido las llaves.
Aunque no ha llovido, el césped está húmedo. Me quito las zapatillas y paseo descalzo. Deben de ser las dos de la madrugada.
Miro hacia arriba y compruebo qué ramas son las que golpean nuestra ventana.
Voy al cobertizo, cojo las tijeras de podar y la escalera. Apoyo la escalera en la fachada y subo hasta el penúltimo escalón. Corto las ramas más cercanas a la ventana. Las contemplo caer y desaparecer en la oscuridad y, en ese momento, pienso que es lo más hermoso que he visto en muchos años. Oigo cómo se estrellan en el césped con un chasquido húmedo y violento.
Miro a través de la ventana. Mi mujer continúa durmiendo.
El viento hace rato que se convirtió en una suave brisa.
Golpeo la ventana con los nudillos con tal de saludarla desde aquí. Al instante, pienso que eso ha sido una estupidez. Por suerte, mi mujer no ha escuchado los golpes. Desciendo con cuidado. Recojo las ramas cortadas y las amontono al lado del cobertizo. Guardo de nuevo las tijeras y la escalera.
Golpeo suavemente la puerta y llamo a mi hijo para que abra. Al cabo de unos segundos, la puerta se abre.
Mi hijo vuelve al sofá mientras yo entro y cierro.
En la pantalla, de nuevo en pausa, la imagen congelada de un hombre que corre por una calle perseguido por otros dos.
“Es inútil que corras. No podrás escapar”, dice el subtítulo.

Continúa...

la luz de la farola

Hay un niño en la acera de enfrente.
No tendrá más de siete años.
Es lo primero que he visto esta mañana, desde la ventana de la cocina: un niño de no más de siete años en la acera de enfrente.
Compruebo el reloj.
Las seis y cuarto.
Todavía no ha amanecido.


El niño no parece asustado. De hecho, no parece real.
Apoya un pie en la pared y mete las manos en los bolsillos del pantalón en un gesto inapropiado para su edad. Un asesino a sueldo esperando a su víctima.
Estoy a punto de despertar a mi mujer pero decido quedarme un rato más, como si aquello fuera un acontecimiento que me brinda la naturaleza.
El niño mira a un lado y a otro de la calle sin la impaciencia y la angustia que esperaba encontrar en él. Y es esta falta de impaciencia y angustia la que me hace permanecer inmóvil, de pie, en mi cocina.
Me acerco al interruptor y apago la luz. Ahora lo puedo ver con más nitidez.
Es un niño rubio, con una media melena peinada hacia un lado. Viste jersey rojo y pantalones marrones, quizá de pana.
Por un momento pienso en la grabación de un anuncio: al niño lo hacen posar ahí mientras alguien está preparando las cámaras, los focos, alguien le ha dicho a ese niño “Quédate ahí, apoyado en la pared”, y el niño, acostumbrado al oficio, ha seguido las instrucciones. Pero allí no hay nadie más. En la calle sólo están aparcados mi coche, el de mi mujer y el del vecino de enfrente.

Continúo ahí de pie.
El reloj marca las seis y media.
Abro la nevera y saco el zumo de melocotón. Me sirvo un vaso mientras sigo observando a esa criatura.
El niño sigue en la misma postura de hace un cuarto de hora. Ahora saca algo del bolsillo. Parece un papel, lo desdobla y lo mira como si pudiera estar leyendo algo. Luego lo vuelve a doblar y se lo vuelve a meter en el bolsillo.
Empieza a amanecer.
Oigo el despertador de mi mujer. Puedo escuchar sus pasos por el pasillo hacia el lavabo. Al cabo de unos minutos viene a la cocina.
⎯Estoy aquí, no te asustes ⎯le digo antes de que encienda la luz.
⎯¿Se puede saber qué estás haciendo? ⎯su voz suena a reproche y a sueño.
⎯Mira ⎯le señalo al niño con la barbilla mientras apago la luz de nuevo.⎯No sé cuánto rato puede llevar ahí.

Mi mujer se acerca a la ventana y se apoya en el lavabo. La luz de la farola ilumina el camisón de una manera fantasmagórica y obscena. Uno de los tirantes va cayendo por el brazo y deja un pecho al descubierto pero, sumida como está en la observación de aquel espectro angelical, mi mujer no es consciente de su gesto.
Contemplo aquel pecho desnudo bajo la luz de la farola mientras mi mujer habla.
⎯¿De dónde ha salido ese pobre niño? ¿Tú lo habías visto antes? ⎯pregunta.
⎯Creo que no ⎯respondo sin quitar la vista de su pecho.
⎯¿Qué quiere decir que crees que no? ⎯me vuelve a preguntar.
⎯ No, no lo había visto nunca ⎯respondo y vuelvo a mirar hacia afuera, el niño todavía ahí, apoyado ahora en el otro pie, las manos en los bolsillos.
Mi mujer se sube el tirante despreocupada, sin dejar de mirar al niño.
⎯ Tendríamos que llamar a la policía, ¿no crees? ⎯propone sin mucho entusiasmo.
⎯ Espera un rato. Quizá esté esperando a alguien ⎯le digo.
⎯ No son ni las siete de la mañana. ¿Quién haría esperar a un niño a estas horas? ⎯pregunta.
Mi mujer también se sirve un vaso de zumo.
Bebemos a oscuras, uno al lado del otro, mientras miramos por la ventana de la cocina. Paso el brazo por encima de su hombro y voy deslizando la mano por su espalda en busca del pecho. Lo acaricio por debajo del camisón.
Mi mujer me mira y pregunta:
⎯ ¿Se puede saber qué estás haciendo?
No sé qué contestarle y retiro la mano con una mezcla de vergüenza y apatía. Dejo el vaso sobre la mesa.
El niño sigue ahí, en la misma postura. Ha pasado casi una hora desde que lo descubrí. Mi mujer continúa observándolo mientras da pequeños sorbos al zumo.
La luz de la mañana lo empieza a iluminar todo.
Se apaga la farola.
El tirante del camisón vuelve a resbalar por el brazo de mi mujer, dejando de nuevo el pecho al descubierto.
⎯ Voy a ducharme. Se me hace tarde ⎯anuncio.
⎯ ¿Tarde? ⎯pregunta mi mujer⎯ Hoy es domingo, ¿dónde tienes que ir?
Una sensación de extraño alivio recorre mi cuerpo.
Vuelvo a la cama mientras mi mujer se sienta en una silla para poder seguir mirando al niño.
Percibo un olor que no reconozco. Supongo las sábanas, un nuevo suavizante. Aunque no sé por qué no lo había olido hasta ahora.

Continúa...

cría de cebra

Ahí estábamos, cenando con los vecinos.
⎯No soporto a estos pesados de mierda⎯ le había dicho a mi mujer hacía tan sólo unos días, el domingo por la mañana, mientras desayunábamos oyendo el ruido de la taladradora.⎯¿Qué les falta por agujerear? Cada domingo igual.


A mi mujer no parecía importarle. Comía sus tostadas con la parsimonia propia del que se sabe ganador, el triunfo de la persona a la que se le presenta un día festivo por delante. ⎯Tranquilo, ahora saldremos a dar una vuelta.⎯ Esa era mi mujer.
No sé cómo ni por qué tuvo que llegar el día en que el vecino nos invitase a cenar. Me hubiera gustado visualizar todo el proceso: primer acercamiento, supuesta simpatía, ligera amistad, respeto mutuo, no sé, me hubiera gustado seguir un guión para todo este asunto, un director en el rellano que nos diera órdenes, alguien que cuidara de nuestro vestuario, la luz, no tanta luz, hay demasiada luz en esta escalera, deben haber sombras, esquinas sin luz, el director lo dirigiría todo y yo le pediría el guión del día siguiente para “írmelo mirando, en la cama y eso, antes de dormir”, le diría. Así sí que me gusta hacer las cosas: leer el guión de lo que me pasará mañana.
Pero no hubo nada de eso. Todo fue rápido y absurdo, como unas campanadas de fin de año mientras tu hijo se muere en el hospital.
La cuestión es que ahí estábamos, mi mujer y yo, sentados a la mesa en casa de los vecinos.
Minutos antes estábamos en el sofá. ⎯¿Qué queréis beber mientras acabo esto? ⎯nos preguntó la vecina desde la cocina. ¿Por qué nos lo tuvo que preguntar, gritar, desde la cocina, como si nos conociéramos de siempre? Eso es algo que puede hacer tu madre cuando vas a verla los domingos, pero no una vecina a la que había visto dos veces y de casualidad.
⎯Yo me reservo para la cena. ⎯hice ver que estaba hambriento y que me interesaba lo que pudiera haber preparado para cenar.
⎯Sí, yo también, no saques nada. ⎯dijo mi mujer mientras miraba las paredes como un gato siguiendo una mosca.
⎯¿Qué haces? ⎯le pregunté en voz baja palmeando su rodilla.
⎯¿Te has fijado? No hay ni un agujero, no hay cuadros colgados, ni estanterías, nada en las puertas, mira el pasillo, ¿lo ves?, liso. ⎯mi mujer susurraba todos estos misterios mientras seguía con la mirada una mosca invisible y torpe.
⎯Es verdad. ⎯le contesté. Me molestó que mi mujer se hubiera fijado en eso antes que yo porque era una de las cosas que quería comprobar nada más entrar en esa casa. De hecho, era lo único que me interesaba de esa cena: averiguar a qué venían tantos agujeros. Pero no sé por qué, en cuanto entré en la casa, se me olvidó. Simplemente me senté en el sofá al lado de mi mujer después de haber saludado fugazmente a la vecina, que desapareció por el pasillo hacia la cocina, desde nos hablaba: una prisionera de su propia hospitalidad.
Al cabo de unos minutos llegó el marido. Mi mujer se levantó del sofá para saludarlo y yo me di cuenta de que tendría que hacer lo mismo, y eso fue lo que hice.
El marido era una de esas personas que cuando te estrechan la mano esperan que alguien alabe su fuerza bruta, su fuerza de macho dominante, el hombre de la casa soy yo y así te lo demuestro, esto es lo que mide mi polla, seguro que la tuya no es tan larga ni tan gorda. No sabría decir de qué hablamos allí, de pie, el marido midiéndose la polla y pasándome el metro, mi mujer con los brazos cruzados, sonriendo ante dos niños de cuatro años. Supongo que de cualquier estupidez sin importancia.
Y allí estábamos, sentados a la mesa de los vecinos, dispuestos a cenar lo que la prisionera hubiera querido prepararnos.
La cena transcurría con normalidad, si es que alguien sabe lo que es eso, hasta que la vecina, que iba y venía con platos y cazuelas, preguntó:
⎯¿No tenéis hijos? ⎯soltó esta pregunta al aire y fue volando patéticamente de plato en plato, mojando sus alas en la crema de calabacín, posándose en el pan para acabar en mi tenedor y ser atravesada con una mezcla de furia y hastío. Mastiqué la pregunta poco a poco, haciéndola crujir entre mis muelas, arena en las almejas, mastica veinte veces antes de tragar, y tragando al fin aquellas tres palabras y la interrogación, que fue lijando mi garganta como una patata frita sin masticar.
⎯No. Tuvimos, pero ahora ya no ⎯contestó mi mujer sin levantar la vista del bistec.
La vecina se disculpó con un tímido “lo siento” a la vez que el marido carraspeaba, lo que hizo que la tímida disculpa se fuese a convertir en una patética disculpa ya que, la mujer, al darse cuenta de la coincidencia en el espacio y en el tiempo de sus palabras con el carraspeo del marido y, creyendo no haber sido escuchada, repitió “lo siento”, esta vez un poco más alto, para que mi mujer y yo, pero sobre todo mi mujer, se diera cuenta de que ahí había alguien que la escuchaba, de que podía contar con ella, una amiga para toda la vida. Te hemos oído a la primera, me dije, y luego, a todos: ⎯Si me disculpáis, tengo que ir al baño. ⎯ Me levanté y la vecina me indicó la puerta.
Me senté en el borde de la bañera y dejé pasar un par de minutos. Luego tiré de la cadena, me lavé las manos y salí.
La vecina se había llevado los platos. ¿Puedes volver a traérmelo? No había acabado. Pensé. Ir al lavabo un par de minutos y alguien se lleva algo tuyo, lo tuyo. Esa es la vida. El marido jugaba con el tapón del vino mientras comentaba con mi mujer las últimas reformas de la escalera. Yo hacía ver que escuchaba y que me interesaba el coste de la pintura de la baranda.

La vecina salió de la cocina con una bandeja repleta de galletas de diferentes tipos. El marido, un niño de cuatro años con la polla más larga que la mía, cogió una antes de que la mujer dejara la bandeja en la mesa y soltó una risotada: ⎯Estas son las mejores ⎯dijo con la boca llena, mientras yo me fijaba en que era la única galleta que quedaba de ese tipo.
⎯Nunca lo sabremos. ⎯pensé, pero dije en voz alta. Mi mujer me pisó el pie a modo de aviso. Te has pasado, cariño, o, Eres imbécil, cariño. Algo así quiso decir ese gesto arcaico y subterráneo. De todas formas, creo que ninguno de los dos entendió o quiso entender mi frase.
Más tarde la vecina nos ofreció un café. Nosotros nunca tomábamos pero le dijimos que sí, una especie de hermanos traviesos diciendo mentiras.
El marido dijo que tenía que irse y se fue. El trabajo, ya se sabe, dijo antes de salir por la puerta.
Volvimos a sentarnos en el sofá. La vecina se sentó en una butaca a nuestro lado. Puso en marcha el televisor, que hizo un zumbido de central nuclear limpiando desagües, si es que existe ese sonido. Un documental de animales. ⎯Siempre lo tengo en este canal. ⎯La mujer se aposentó en la butaca y cruzó los dedos sobre su barriga. Por un momento pensé que ya no estábamos allí.
En la pantalla, una cría de cebra iba a ser devorada por un cocodrilo mientras bebía en una charca. No había ninguna voz en off que lo anunciara. Simplemente era algo que tenía que ocurrir.

Continúa...

Nada por aquí.

Sujeté con fuerza sus muñecas para evitar que me estrangulara con aquellos guantes blancos manchados de sangre. Me miraba con la sonrisa más malévola que jamás haya visto. Sentía su respiración agitada, escuchaba crujir la pintura seca que cubría su rostro cuando la piel se arrugaba al hacer más fuerza. Dimos media vuelta y me empujó contra las estanterías, junto al sofá.

Mi hermano le había contratado para que distrajera a los niños mientras tomábamos unas copas después del pastel. Yo había estado acuerdo, porque sabía que a Celia le entusiasmaban los trucos de magia. El regalo que le compré, un sombrero de copa, no podía ser más adecuado.
“Los buenos magos no revelan sus trucos”, dijo él cuando le entrevistamos para el trabajo. En aquel momento ni siquiera sentía curiosidad por conocerlos. No había ningún conejo bajo la chistera, no eran ases lo que escondía en la manga.

La sala olía aún a tarta de nata y a cera derretida. Para entonces, en el ambiente flotaba también el olor de la sangre y la carne quemada. El suelo estaba lleno de confeti, serpentinas y collares de papel. Pero no todos los colores eran alegres bajo nuestras pisadas, también corría la sangre de los invitados, del perro…
Le aparté de una patada en la barriga, dejando la marca de la suela de las botas en su esmoquin de papel. En ese instante, se abalanzó sobre mí con toda su ira sosteniendo un tenedor. Conseguí esquivarlo y le rodeé con los brazos por la cintura. Tropezamos con la mesa y caímos al suelo, junto a la abuela Roberta. Le agarré por el cuello y le di un puñetazo en la nariz. Se tocó el bolsillo de la chaquetilla y surgió de su pajarita un chorro de agua hirviendo, quemándome la cara.

Grité, me froté los ojos y me eché un refresco para aliviar la irritación. Aún tendido en el suelo, el mago murmuró:
- Celia se presentó voluntaria para el truco, lo hizo muy bien, es una buena chica. Lástima que lo demás muchachos no aguantasen tanto.
Era un monstruo. Un grandísimo cabrón. Salté por encima de él y me dirigí a la ventana. Sentí sus pasos acercándose detrás de mí. Con los ojos en blanco, el mago quiso lanzarme una silla a la cabeza, pero me agaché y le di una patada en la rodilla. Fui hasta la mesa y cogí el cuchillo que habíamos usado para cortar el pastel. Tosí por culpa del humo que salía de la habitación de juegos.
- Se puso el sombrero -continuó el mago, relamiéndose el líquido oscuro que brotaba de su nariz- y comenzó a atar a sus amiguitos, tal como yo se lo indiqué. El círculo de fuego es mi juego favorito -avancé hacia él y levanté el arma hasta su cara -. ¿Quiere que le cuente cuál es el truco? Los niños son inocentes -la sonrisa se borró de su cara-. No como usted.

En el exterior los copos de nieve caían lentamente. Clavé el cuchillo en el pecho y un chorro de agua hirviendo y lodo surgió del corte. Le golpeé en la rabadilla y rompió los cristales, precipitándose al vacío. Aterrizó sobre la nieve produciendo un suave estrépito. Me asomé para asegurarme de que la pesadilla había terminado. Le vi tendido en el suelo, boca abajo, aparentemente muerto. Estuve observándolo unos segundos, el tiempo justo para ver cómo se levantaba, se sacaba el cuchillo clavado en su esmoquin y comenzaba a trepar por la fachada, ágil como una lagartija, con los ojos fuera de sus órbitas. Su estridente risa llegaba a mis oídos, aquel ser no podía ser humano.

Me separé del alféizar, no me aventuré a asomarme otra vez por miedo a encontrármelo a pocos centímetros. Anduve deprisa hacia el pasillo evitando mirar en la habitación de juegos, cuya puerta estaba entrecerrada. No pude evitar escuchar los gemidos que surgían del interior.


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Continúa...

la esquina del techo

Vinieron las gaviotas y se llevaron a nuestros hijos

mientras hacíamos cuentas de lo gastado en vacaciones

y tú me echabas en cara el haberme comprado ese licor.


Acurrucados de miedo bajo sus alas

los dejaron caer al mar cuando nadie estaba mirando

y creo que el agua ni siquiera salpicó las rocas.

La esquina del techo que dejamos sin pintar

parecía entonces de otro color más claro, diferente,

y la estuve mirando contigo toda esa tarde y toda esa noche.

Llamamos a tu madre y le explicamos lo sucedido

empecé a preparar las maletas de siempre

y desde el teléfono me miraste como si nunca me hubieras visto.


Vinieron las gaviotas y se llevaron a nuestros hijos

por la ventana vi a aquel viejo cortando los alambres

y me pregunté para qué los querría, precisamente hoy.

La leche de la nevera está caducada, me dijiste,

llevo algo clavado en el talón desde hace unos días

y no sabría decirte por qué no te lo había dicho aún.

Fuimos a la habitación de nuestros hijos

las persianas estaban subidas pero no entraba la luz

y las arrugas de las sábanas me recordaron un fracaso al acecho.

Por la noche bajamos a la reunión de vecinos

nunca me había fijado en aquel que llevaba un parche en el ojo

y te observé mientras leías los nombres en los buzones.


Vinieron las gaviotas y se llevaron a nuestros hijos

la hierba recién cortada volaba de un lado a otro del patio

y alguien gritó a lo lejos algo que no pude entender.

Estuvimos paseando toda la noche, bordeando la costa,

en busca de alguna señal que nos hablara de ellos

y cuando te quise abrazar tu mirada me dijo algo parecido a un no.

Luego volvimos a casa y te pusiste a pintar la esquina del techo

pero la pintura que utilizaste no era realmente pintura

y te mentí cuando te dije que lo dejaras, que ya estaba bien.

Todavía no sabemos nada de nuestros hijos

lo que empezó como algo extraordinario se ha convertido en rutina

y nos decimos cosas al oído de tal manera que no nos podamos entender.


Vinieron
las gaviotas
y se llevaron a nuestros hijos.




Continúa...

El mundo de los otros.

Se bajó del coche y miró en ambos sentidos de la calle detenidamente, persiguiendo con la mirada la línea blanca discontinua sobre el asfalto negro. Los muros que guardaban a derecha e izquierda los jardines y las casas, los adultos y los niños, se extendían en dos filas interminables hasta donde alcanzaba la vista. La luz del sol reverberaba en ellos de tal manera que uno a continuación del otro parecían formar dos grandes murallas. Como puzzles discordantes, un fragmento para cada tribu, y ahí, en el centro, contundente, para todos, el río de alquitrán.



Sobre el alquitrán negro pasó un coche blanco, blanco roto, y él alzó la mano inconscientemente a la sombra humana situada al otro lado del parabrisas. Por un momento parecía haber querido pararlo con la confusa intención de preguntar algo. Algo como:

—Perdone, ¿sería tan amable de indicarme dónde queda el número 33 de la calle Letedoma?

Afortunadamente el conductor no prestó atención a su gesto y siguió su marcha pisando un poco más, intencionadamente o no, el acelerador.

El ruido de motor lo hizo tambalearse, revolviéndose con sus pies enmarañados sobre cada uno de los puntos cardinales. Cuando parecía que iba a caerse, sus piernas se decantaron hacia el interior de la acera y su hombro topó con una puerta, cuya pintura gris desconchada parecía caerse a trozos. Al parecer ese era su torpe cuerpo, ochenta quilos de carne y hueso que descubría de pronto bajo su cabeza, enfundados en un traje plomizo y una corbata asfixiante. Su mano de autómata, color sepia, sí, su mano, buscó en el bolsillo derecho del pantalón y sacó, sin pensarlo, unas llaves.

Bastaron un movimiento certero de muñeca y un leve empujón para que la puerta se abriera y, entonces, miró atónito el jardín que le descubría la abertura rectangular de la entrada. Aquel césped era, otro día más, un auténtico desastre. Y el culpable de aquel lamentable desorden, como empezaba a dilucidar, no era otro que el gato de los vecinos, que había vuelto a hacer de las suyas durante la noche.

La idea del gato crispó la expresión de su rostro y, de alguna forma, le obligó a recobrar el sentido y, también, a sentir la vergüenza que empezaba a provocarle su propia actitud. Por primera vez en su vida se había desorientado. Desorientado a los treinta y tres años como un viejo aquejado de una de esas penosas enfermedades degenerativas.

En la puerta había un buzón, en el buzón una abertura y en la abertura una carta colgando a punto de caer al vacío. Una carta que decía:

Carlos y Clara Punzón, calle Letedoma número 33.

Sí, aquel era su nombre. Cinco letras una detrás de otra: C-a-r-l-o-s. Y el de su mujer, Clara. Aquella era su casa y, aquel, su desastroso césped. Dio un paso, dos, tres, hacía el interior y cerró cuidadosamente su puerta mientras sus labios esbozaban una tímida pero incontenible sonrisa. Dentro, lo suyo. Fuera, lejos, a pocos centímetros de una puerta y una fina capa de pintura gris desconchada, de un muro en una sucesión de muros y un nombre de una sucesión de cinco letras, sí, lejos, el mundo de los otros.

Continúa...

Rain

PARTE II

1700 años antes:

El sol entró por las rendijas de la cabaña, despertándolo de un sueño profundo y aterrador. Se había enfrentado con aquel malvado tigre que merodea por la arboleda. De nuevo había sentido su cálido aliento en su cuello y su gruñido zumbando en sus oídos.

Las hojas del álamo cubrían todavía el cuerpo de su hermano dormido, le dio una sacudida en el hombro y abrió los ojos perezosamente. Miró que se le había abierto la herida y unos insectos con alas se estaban dando un festín. Se había caído desde unas rocas mientras jugaba con sus amigos junto al río. ¿Por qué tenía que tener un hermano tan torpe? Sólo era una carga para él en cuanto a cazar se trataba, siempre le retrasaba mientras perseguían una presa para la hora de la cena. Se sentó junto al fuego para saborear un mango y su hermano le dio un golpe detrás de la cabeza. Encima de torpe, idiota.

Su padre era el jefe de la tribu, un hombre estricto y respetado. Había reunido a varios de sus hombres para organizar una recolecta de madera. Casi todos llevaban grandes pendientes de madera, los de los campesinos eran alargados, los de los guardias tenían forma de caracol y los cazadores llevaban uno en la nariz, atravesado en el tabique.

Aquella mañana húmeda en la selva, los pájaros no cantaban. Y él se había dado cuenta. Normalmente se oye un escándalo considerable cuando el sol está alto en el cielo. Pero en aquel momento, parecían haber desaparecido todos. Fue a hablar con su hermano, que estaba haciendo figuras de barro. A él no le parecía extraño que las aves estuvieran en silencio, decía que quizás no tenían de qué hablar. Qué idea tan estúpida, no sabía por qué había ido a preguntarle nada.

Acompañó a su padre y a los demás labradores para echar una mano en los cultivos. El tiempo había sido óptimo durante el año y podrían pasar el invierno con suficientes alimentos para todos. Anduvieron por las lomas y, desde las alturas, divisaron el terreno que usaban para la agricultura. Fue a contarle lo que había soñado, pero en aquel momento no lo recordaba. Su padre se detuvo y los demás también, se quedaron estupefactos ante los cultivos.¿Qué significaban aquellos círculos que se habían formado? ¿Quién los había trazado con tanta exactitud?

A los pocos minutos, casi todo el poblado admiraba aquellas figuras extrañas. Muchos aseguraban que los dioses que habían visitado a sus antepasados habían regresado y les estaban dando señales.

Prepararon un ritual al atardecer y entonces, cuando el sol descendía y las nubes se teñían de naranja, la luna ocultó el sol. La sombra oscureció sus rostros inquietos. Pensaron que aquello era un mal presagio y decidieron que había que hacer algo para complacer a los dioses. De repente, apareció una sombra negra como la noche por detrás de la sierra. Un grandioso manto cubrió el cielo hasta que las estrellas desaparecieron. Iba acompañado de grandes llamas y destellos que se iluminaban de forma intermitente. Un potente estruendo les sobrecogió. Se situó sobre sus cabezas, se quedó allí flotando mientras aquel juego de luces giraba en las alturas. Surgió un haz de luz celeste que cubrió todo el poblado.

No cabía duda de que se trataba de los antiguos dioses.

Sus almas se llenaron de una sensación de bienestar infinita. Poco a poco, notaron cómo una fuerza mística recorría sus venas y sus huesos, entrando por sus orificios e inundando su ser. Su piel comenzó a desprender un fulgor blanquecino. Luego, sus pies dejaron de tocar la hierba. Sus cuerpos eran livianos, se sentían liberados. Curvaron el tronco hacia atrás y ascendieron, ascendieron hacia los cielos como plumas de halcón arrastradas por el viento.

Aquel enigmático y gigantesco objeto fue de pueblo en pueblo buscando a los elegidos y absorbiéndolos. Sus objetivos eran las pequeñas aldeas donde vivían los hombres y mujeres descendientes de los primeros seres humanos que habitaron la Tierra. Y cuando el planeta Tierra no era más que un lejano punto en la inmensidad del espacio, aquellos individuos fueron trasladados a través de un agujero de gusano a otro universo. Ellos, los parientes lejanos de los homo sapiens sapiens naturales, estaban siendo enviados a distintos planetas para ser vendidos como esclavos. No obstante, se les dijo que, como premio por el trabajo y el esfuerzo constante, sus descendientes tendrían el privilegio de regresar a su hogar y contemplar el futuro.



Actualidad:

Por fin se ha detenido. La lluvia ha cesado. Mira a su alrededor, apoyado en la pared del túnel, con la camisa totalmente sudada y el corazón saliéndose del pecho. Ha llegado la hora de salir al exterior.
Ve que la patrulla policial intenta contactar por radio con las demás patrullas sin obtienen respuesta. El grupo sale a investigar el suceso. Se ponen a hablar y finalmente deciden que la gente puede ir saliendo.

- Al habla el agente Jerome Buck -se hizo un silencio sepulcral-. Comunicamos a los presentes que se ha producido un hecho difícil de comprender, pero que temíamos que iba a llegar. Nuestros creadores han llegado para reclutarnos como esclavos, igual que hicieron con nuestros ancestros y con los ancestros de nuestros ancestros. Por favor, por favor, vayan saliendo en orden y en silencio. Ya saben lo que hay que hacer. Mucha suerte.

Ni siquiera se da cuenta de que camina entre cuerpos mutilados.

Apenas puede mantenerse en pie, está muy nervioso e impresionado por aquella gigantesca plataforma de luces y llamas de fuego que se encuentra donde antes estaba el cielo. Una luz celeste ilumina su rostro. Su alma parece calmarse, se relaja y deja que fluya el bien dentro de sí.

Y todos comienzan a ascender, ascender hacia los cielos como plumas de halcón arrastradas por el viento.

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Continúa...

casa en llamas

Cuando mi padre mató a Federico yo tendría unos diez años.
Ya han pasado más de veinte y recuerdo como si fuese ayer la tarde en la que mi padre le dijo a mi madre: Voy a matar a Federico.

Yo estaba sentado en el sofá viendo la televisión. Mi madre a mi lado, cosiendo el bajo de un pantalón. Entonces mi padre llegó del trabajo, dejó la maleta encima de la mesa del comedor como siempre hacía y, de pie, con las manos en los bolsillos, le dijo a mi madre: Voy a matar a Federico.

Las palabras salieron de su boca firmes, auténticas, pletóricas, y me recordaron, quizá por la entonación, quizá por esa firmeza con la que salían despedidas, a unos meses atrás, cuando mi padre dijo: El sábado iremos al zoo. Eran dos frases que no tenían nada que ver, está claro, pero hubo algo que las relacionó, no sé lo que fue, ya digo, es difícil de explicar, quiero decir que cuando mi padre dijo El sábado iremos al zoo, lo dijo de tal forma que sabías que aquello era cierto, sabías que el sábado iríamos al zoo.
Y fuimos.

Mi madre dejó de coser y lo miró con extrañeza. ¿Qué tontería estás diciendo?
Me sorprendió escuchar esa pregunta, ya que era la misma que cuando yo decía que no quería irme a la cama todavía. ¿Qué tontería estás diciendo? A la cama, he dicho.
Así que durante un tiempo metí en el mismo saco no querer irse a la cama con matar a una persona. Los dos actos eran tonterías.
¿Por qué dices eso? ¿Qué ha pasado?, continuó mi madre, que empezaba de nuevo a coser el bajo, como si así pudiera restarle importancia al asunto, como si eso pudiera hacerle cambiar a mi padre de opinión.
Ha hecho algo que no debería haber hecho, dijo mi padre, aún con las manos en los bolsillos, de pie, tranquilo como un fantasma pobre y humilde, muerto ya, fantasma, pobre y humilde.
¿Y qué es eso tan grave que ha hecho?, preguntó mi madre siguiendo con la costura.
Ha perdido unas fotos, contestó mi padre.
¿Qué fotos?, mi madre levantó la vista de su trabajo y miró a mi padre.
Todas nuestras fotos, las de mi familia, mis padres, mis abuelos, las nuestras, todas nuestros viajes, la primera foto juntos, todas, ha perdido todas nuestras fotos. Mi padre caminaba por el comedor.
¿Y qué hacía él con nuestras fotos? ¿Para qué se las dejaste?, ya sabes como es Federico, mi madre empezó a levantar la voz.
No grites. Se las dejé porque su hijo tenía que hacer un trabajo en el colegio. Algo de un árbol genealógico, no sé, qué más da, la cuestión es que las ha perdido todas, los tres álbumes que le dejé.
¡Oh, Dios!, mi madre empezó a llorar. Pero, ¿dónde las ha perdido?, ¿cómo ha podido perder tres álbumes?
No lo sé. Esta mañana al llegar a la oficina es lo único que me ha dicho, que ha perdido las fotos, que no sabe dónde están, que lo siente mucho pero que las ha perdido.
¡Pues que las siga buscando! ¡Maldito retrasado! ¡Las cosas no se pierden así como así!
Da igual. Mañana lo mataré.

Las palabras de mi padre, aunque no lo eran, sonaron tranquilizadoras.
En aquel momento pensé que matando a Federico mi padre haría aparecer las fotos y mi madre dejaría de llorar.
Hoy, más de veinte años después, nada de estas dos cosas ha sucedido todavía.

¡No digas más eso, por favor te lo pido! ¡Eso no es motivo para matar a nadie! ¿Desde cuándo vas tú matando a la gente? ¡Oh, Dios, nuestras fotos, por favor!, sollozaba mi madre.
Está bien, concluyó mi padre.
Recordé entonces, allí sentado en el sofá, una conversación que mantuvieron unos amigos de mis padres que vinieron hace un tiempo a cenar. El amigo le preguntó a mi padre que qué salvaría de su casa en llamas. Mi padre le contestó: Las fotografías. Lo demás lo puedo comprar poco a poco. Mis recuerdos, no.

Aquella tarde quedó rota para siempre.
Y nosotros con ella.
La frase de mi padre rasgó la tarde de arriba a abajo con un chasquido inesperado y salvaje, y nosotros, mi padre, mi madre y yo, dentro de esa tarde y de ese chasquido, no tuvimos más remedio que rasgarnos de arriba a abajo también.

Al día siguiente mi madre vino a recogerme al colegio.
Subimos al coche en silencio, llegamos a casa, merendé, hice los deberes y me senté en el sofá.
Luego se hizo de noche, cenamos los dos juntos y me acosté.

Continúa...

Rain

PARTE I

Esta noche ha tenido uno de sus habituales sueños. Sucedía en la playa, pero no en cualquier playa, estaba en el campamento de verano. Todo parecía más estrecho y alto de lo habitual, como si alguien hubiera estado jugando con las escalas del espacio. Las olas de color azul mate oscuro se alzaban y rompían casi verticalmente. Lo que no recuerda es si podía escuchar el rugido de la espuma.

Por mucho que lo intenta, no puede reconciliar el sueño. Al cabo de unos minutos suena la radio-despertador. ¿De qué sirve que suene si ya está levantado? Está a punto de comenzar otro rutinario día, así que pone el piloto automático y realiza el programa Casa-Universidad: viaje de ida. Para desayunar se prepara unos cereales. Los engulle sin apenas disfrutar de su autentico sabor a chocolate. Se viste con la ropa de diario que tenía preparada. Comprueba satisfactoriamente que lleva todo lo necesario en la mochila, recordando lo que le toca hacer hoy. Enchufa el reproductor de música para que lance aleatoriamente melodías a sus desgarrados tímpanos, coge las llaves y se dirige a la parada del autobús.

Nada más llegar a la calle alza la vista y chasquea los labios cabreado al ver las impresionantes nubes. Regresa al piso, coge el paraguas y vuelve a salir. El chico que reparte periódicos gratuitos le planta un ejemplar en los morros con la rapidez de un lince y no puede esquivarlo. Como de costumbre, la cola del autobús es muy larga y no puede subirse al primero que llega pues se llena enseguida. Abre la última página del periódico para leer lo que más le cautiva, el tiempo, la programación de la televisión y el horóscopo:

Signo: Se presenta una gran oportunidad en tu vida así que aprovéchala. La alineación de los planetas beneficia a tu campo económico, invierte. La canción que, de pronto, reciben sus oídos le encanta así que acompaña el ritmo de la batería con los dedos de los pies. Y de postres, el autobús asoma el morro por la esquina.

Una vez se ha situado entre la barra de metal, el bolso de una señora y el cochecito de un bebé, el conductor arranca el vehículo y éste se introduce por la oscura boca del túnel. Se desanima al pensar en la aburrida jornada que le espera, no sólo en su facultad sino también al salir de clase. Es curioso, ya no se acuerda de lo que había soñado. Algo sobre el mar, seguramente.

Hay retenciones en la salida del túnel, pero no le importa demasiado ya que sigue sin llegar tarde. El atasco es importante, así que mira por la ventana para distinguir el final de la hilera de coches. Se sorprende al ver que hay un montón de gente de pie sobre el asfalto, al final de la vía. Se quita los auriculares y apaga el reproductor para escuchar los comentarios de la gente. Al parecer nadie sabe nada concreto. El conductor les comunica que no les permiten salir del túnel y que permanezcan tranquilos. “Eso nunca significa nada bueno”, piensa él. Se abren las puertas y, mientras algunos deciden quedarse dentro, él decide bajar para investigar. Nunca había andado antes dentro de un túnel. Mientras pasea entre los coches, observa con atención las caras de angustia de los demás pasajeros teñidas por la luz naranja del lugar. Escucha algunos comentarios entre el gentío tales como: “No dejan que nos acerquemos”, “Han bloqueado las salidas y nadie puede salir” Divisa algunos coches patrulla aparcados junto a los últimos vehículos, en el interior del recinto. Quizás ha volcado algún camión con residuos tóxicos o se ha producido un derrumbamiento. Pero no, allí fuera ocurre algo diferente. El caos es demasiado evidente. Los guardias miran hacia arriba constantemente. ¿Qué es ese ruido?
Algo cae del cielo.

Empieza a correr entre la multitud pues no puede ver lo que pasa.

Y entonces les ve.

Lo que presencia no tiene sentido.

Está lloviendo gente.
Resulta inquietante escuchar el sordo chasquido de los huesos al partirse en vez del dulce golpeteo de las gotas de agua. Los cuerpos húmedos se deslizan hacia la oscuridad anaranjada del recinto. Aquellas carnes desgarradas y huesos dislocados le producen más nauseas que todas las películas de terror que ha visto juntas. Muchos se desmayan, conmocionados, pero las ambulancias no podrán llegar para ayudarles, todo está colapsado. Intenta llamar a alguien pero el móvil no funciona, seguramente porque los cuerpos deben de haber roto los repetidores y antenas.

El pequeño pelotón policial indica a los presentes que se aparten de la entrada mientras intentan detener el río de cuerpos. Nadie da explicaciones. Nadie responde a sus preguntas. Todos dicen lo mismo: “No lo sé”. Las cabezas ruedan hacia el interior como sandías machacadas. Son las cabezas de los que caen del cielo. Al verlos se da cuenta de que son hombres y mujeres de tiempos remotos.

El ruido se intensifica, es como un trueno que nunca acaba.

No puede soportar aquella pesadilla más... El calor, el ruido, el olor... Las luces naranjas se apagan y comienza el infierno.



Continúa...

nieve sucia

Un carruaje aparece por la izquierda de la imagen.
Tres caballos, quizá cuatro, lo arrastran.
Hace frío.
Nieve sucia en el suelo.
De los caballos emergen montañas de humo, como si se hubiesen acabado de caer a las brasas.
Un hombre con sombrero se detiene ante la imagen y deja pasar a los caballos y al carruaje, que hace un giro extraño y sigue hacia la derecha.

Más allá, dos monjas caminan una detrás de la otra, quizá buscando una solución, quizá nada.
Aquí, un perro se lame las heridas, la herida, una herida.
En primer plano y acercándose hacia nosotros, dos soldados armados pasean como no queriendo llegar nunca.
Quizá porque ya encontraron la solución, quizá porque no encontraron nada, quizá porque no hay nada que buscar ni que encontrar.
Más allí, una familia llora la muerte de un hijo. La madre trae ropas blancas consigo para tapar al hijo muerto tendido en el asfalto, en la tierra, en el suelo. Detrás, familiares, quizá amigos, quizá conocidos, quizá gente que pasaba por allí y se detuvo ante tal imagen.
Al fondo, unas casas bajas en las que nadie abre la ventana para mirar.
En uno de los tejados, un perro aúlla, o eso es lo que esperamos que haga.
Sin apenas importarle mucho la escena anterior, un niño apunta a otro en la cara con una pistola de juguete. El niño apuntado sonríe dejando ver sus dientes estropeados, como si quisieran decirnos que lo que importa no es la pistola sino la bala. A su lado, una niña se agacha y mira a cámara sonriendo también, quizá para que veamos que sus dientes quieren decir lo mismo.
A lo lejos, un hombre pasa por la calle tocando el violín. Lo acompaña un niño descalzo y otro más pequeño que parece perdido, o quizá ya encontrado.
El hombre mantiene una actitud solemne mientras el niño descalzo representa la desolación.
De todas formas, a ninguno de los dos parece importarle nada.
Dentro de una casa, en una habitación oscura, una mujer de pelo cano se lleva algo a la boca.
No podemos ver qué es. Quizá porque sea algo muy pequeño, quizá porque no sea nada, quizá porque no nos importe.
Hay en su mirada algo que nos dice que ya estamos muertos. Al menos a ella no le importa si lo estamos o no.
En la puerta, a la sombra de la ropa tendida, un perro se lame las heridas, la herida, una herida.

Influenciado por el relato Dentro del encuadre de Robert Coover y acompañado de fotografías de La cámara lúcida de Roland Barthes.

Continúa...

Fiesta en la Mansión Q

Aquella noche se celebró el aniversario de la bienaventurada Monie Q. 18 años. La gran mayoría de los invitados habían cuidado su aspecto al máximo: trajes caros e impecables, peinados de treinta dólares y, algunos de los familiares de Monie, ostentaba alguna piedra preciosa. Los mortales como yo, con nuestra elegancia innata, no necesitábamos parecer árboles de navidad.

Allí me encontré con Roofy, mi compañero de juergas desde que tengo memoria, junto a la mesa de los montaditos.
- ¡Ahí estás! ¿Cómo te va?- le dije y nos dimos un fuerte abrazo.
- Sabes que bien, tío. Qué “mona” va Monie.- sus ojos se desviaron hacia un grupo de muchachas junto a unas cortinas azules. Se apoyó en mí y ladeó la cabeza hacia ellas- Dichosos los ojos,- asentí sonriente.- veinte a uno a que la de la derecha lleva relleno en los pechos.
- Vaya, ¿no es Alice?
- Sí, eso parece. Ahora no se junta tanto con Monie, será que ha madurado.- una cabeza apareció entre nosotros.
- Hola canijos.- espetó Terence.- Probad esto,- dijo mostrando un pedazo de empanada que sostenía con los dedos pringosos, aunque gran parte de ella se encontraba ya alrededor de los labios.- Están junto a las cortinas azules.

Al cabo de un rato, mientras acechábamos por la zona de las cortinas azules, la madre de Monie decidió que había llegado el momento de abrir los regalos que los invitados nos habíamos molestado en comprar. Y lo típico, sus amigas del alma le compraron algo que la hizo gritar de ilusión y se abrazaron durante tanto rato que me dio tiempo de ir a comer algún canapé más. Entre varios habíamos reunido algo de dinero para comprarle un detalle, más por compromiso que por otra cosa. Su reacción fue una resplandeciente sonrisa, un “muchas gracias, de verdad” y dos besos; supongo que fue justo. Cuando terminó de abrir los últimos paquetes, los de sus familiares, se hizo el brindis por la salud y la felicidad de la bienaventurada Monie Q. En aquel momento, las copas chocaron y un temblor extraño sacudió la sala de celebraciones. Entonces mi amigo Roofy desapareció de mi lado. Los demás invitados comenzaron a correr y a dar gritos como locos, entre empujones y codazos. A los pocos segundos, parecía que un torbellino hubiera azotado la sala de celebraciones.

Todos desaparecieron, menos yo, que me quedé de pie en medio de la sala vacía, como el que no ha entendido el chiste, paralizado por la confusión. De repente me entró un miedo difícil de describir, me contagiaron aquella necesidad de refugio de la que estaban poseídos los invitados, así que busqué un lugar donde ocultarme. Pero no lo encontré. Abría armarios y estaban ocupados, revisaba tras las cortinas y encontraba a la gente con los ojos cerrados, rezando. ¿Amy, la gótica, rezando? ¿Terence, el machaca-huesos del colegio, llorando? No debía perder la calma. Al fin y al cabo aquello era de locos. ¿Por qué estaba todo el mundo tan asustado?

Finalmente pude notar que una presencia extraña había invadido el lugar. Un hedor nauseabundo llegó a mi como un golpe bajo, me doblegó y me obligó a seguir caminando con la nariz tapada. Ya había sentido aquel olor antes, durante una extraña pesadilla. Pero era imposible, ¿acaso podemos distinguir los olores en nuestros sueños? Fue uno de aquellos momentos en los que sucumbes a la paranoia, te sientes acosado por tus pesadillas y notas que no puedes hacer nada para escapar. Las luces parpadearon. Recorrí el pasillo del segundo piso con la esperanza de poder esconderme. Podía escuchar las respiraciones agitadas de los demás tras las paredes. Leves gemidos que surgían de todas partes. Pero lo peor era aquel silencio y la ignorancia que lo alimentaba. Aquella peste durante mi pesadilla había parecido tan real.
Finalmente encontré a Roofy. Quería respuestas y él me las iba a dar. ¡Joder si me las iba a dar!

- Roofy, ¿qué sucede? ¡Contesta, Roofy!- grité.- ¿A qué viene todo esto? No me hace ninguna gracia.- trató de decirme algo, pero no pude comprender su balbuceo. Sus ojos estaban absortos. Se quedó sentado en el suelo y levantó la mano para señalar con el dedo algo que estaba detrás de mí. Me giré y descubrí horrorizado al demonio de peluche gigante. No podía mover un músculo mientras se acercaba y su sombra oscurecía mi insignificante cuerpo. Me abrazó con sus gruesos brazos y me ahogué en sus blandos pliegues de algodón.


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Continúa...

Improptu 1

El tiempo no pasa cuando miras el reloj y se escapa lento cuando dejas de mirarlo. El tiempo son las gotas de la ventana. Y lluvia. Y no puedo salir al jardín porque lo ha dicho papá. La bici se moja.



— Aquí tienes, tu regalo de cumpleaños.
— Voy a salir ahora mismo a dar una vuelta.
— No. No puedes salir a dar una vuelta. Falta la cadena. Te la compraré la semana que viene.
— Es igual. ¿Qué más da la cadena?
— Ah, ¿quieres que alguien te robe la bici?
— Es igual. Nadie va a robarme la bici. Es nueva.
— Por eso. Es nueva. Te la van a robar si sales a la calle sin cadena.
— No voy a dejarla sola.
— ¿Te crees que el dinero sale de los árboles?
— Voy con la bici.
Silencio y mi cabeza como en el fuego azul que da el gas en la cocina.
— Papá, voy a salir con la bici.
Veo su mirada y me duele el pecho. No me duele, me...
— Papá, voy...
— Haz lo que te dé gana. Aquí cada uno... los dos hacéis lo mismo. Sí. Tu madre hace igual. Hacéis los dos lo que os da la gana.
Bobo vuelve a escarbar en la tierra del jardín. Se moja y se ensucia de barro; papá le dará en el hocico. ¡Bobo a la bici ni te acerques!
Me ahogo, llueve en mi cara.
— Papá... —no me sale la voz —. Papá...
— ¿Qué?
— Alguien me ha robado la bici.
No hay gritos. ¿No hay gritos?
— Ya sé que te la han robado. Te lo dije.
— Lo siento, papá. Lo siento...
Más lluvia en mi cara. Truenos en mi boca.
— Está en el garaje.
— ¿Mi bici? ¿En el garaje?
Estaba en el garaje, estaba en el garaje, estaba en el garaje...
— ¡Tú me la has robado!
— Así aprenderás a hacerme caso. Podría haber sido cualquiera.
El pasillo es muy largo y... ¿la cocina? La cocina huele.
— Mamá, papá me ha robado la bici.
— Mamá ahora no puede cariño, está haciendo la cena.
Las escaleras chillan si las subes corriendo. La habitación esta fría. Fría como ahora el comedor. Ahora llueve pero el otro día hacía sol. Sol pero también frío como el tobogán del parque en Navidad. Quiero salir a jugar con la bici. La bici está mojada. Y el tiempo no pasa.
— Papá, quiero tener ya la bici.
— No hasta tu cumpleaños.
— ¡Pero yo la quiero ya!
Espera.
— Papá...
— ¿Qué?
— ¡Qué la quiero ya!
— Cállate. No sabes más que lloriquear.
— Pero...
— Pero nada. Eres un malcriado impaciente. Tu madre te ha hecho todo un señorito. Un señorito que tiene que tenerlo todo cuando quiere. No puede ser un segundo más tarde. ¡No! Tiene que ser en el mismito instante que lo desea, y a los demás... ¡a los demás que nos fastidien!
El reloj tiene cuatro números. El tiempo pasa rapidísimo cuando voy con la bici. Aquí, no pasa.
— Papá cuando miro el reloj la hora no cambia. ¡El tiempo no pasa!
Su risa y la cocina y el fuego azul.
— ¿Papá?
— Ese reloj no da los segundos. Eres tan impaciente que no eres capaz de mantener la atención en el reloj ni siquiera el suficiente tiempo para ver como cambia el minutero...

Sí. La bici estaba en el garaje. Ahora está en la calle y se moja. Y papá sigue parado como el tiempo.



Continúa...

vida de greta

Fue durante una cena cuando Greta me lo propuso.
Me pareció una locura.
Por eso le dije que sí.

Greta había venido a casa. Hacía mucho que no nos veíamos. Estaba desanimada. Le pregunté qué estaba haciendo y me dijo: No hago nada, Alfred. Nada.

Pasamos la cena hablando de películas, que era lo único que hacía Greta, ver películas.
Entonces, ya en los postres, me dijo: Alfred, necesito que me hagas un favor. Necesito que me escribas la vida.
Al principio pensé que se trataba de una broma, escribirle la vida a alguien sólo puede sonar a broma. Pero después de un rato comprobé que Greta hablaba en serio.
Te lo digo en serio, Alfred. No sé qué hacer con mi vida, no sé qué hacer, ¡no hago nada! Escríbemela. Te lo ruego.
Era algo totalmente descabellado como para ser cierto.
Alguien te pide que le escribas lo que ha de vivir.
Una biografía al revés.

Decidí aceptar el reto y a la mañana siguiente me puse a escribirle la vida a Greta.
En el primer folio, en letras mayúsculas: VIDA DE GRETA.
Empecé por mejorar su aspecto físico. La apunté a un gimnasio, le hice ir a la peluquería, luego a rayos uva, no sé por qué hice esto último, supongo que quería que cogiese un poco de color después de estar enclaustrada en casa durante tanto tiempo.
Luego le encontré un trabajo. Estuvo sólo unos meses porque hice que no le convenciera mucho y, además, no le pagaban bien. Al poco tiempo encontró uno nuevo, con horarios flexibles y un sueldo mucho mejor. Hice que un compañero de trabajo se enamorase de ella pero al poco tiempo no me convenció porque me pareció estúpido y lo borré sin que dejase rastro.
Al día siguiente de su desaparición, nadie en la oficina preguntó por él. Porque yo no quise.
También le compré un gato al que llamé Salem.
Al cabo de unos meses concreté una cena sorpresa en su casa. Hice venir a sus padres, sus hermanos, sus tíos que hacía tanto que no veía y, finalmente, a sus abuelos, que habían muerto hacía unos años.

Pasado un tiempo hice que me viniera a ver y le escribí, claro, lo que me tenía que decir.
Pasamos un rato agradable.

Así pasaron los años y hoy todavía le escribo la vida a Greta.
Ella dice que es feliz, que nunca ha sido tan feliz como ahora.

Esta noche le he escrito que venga a verme.
Me preguntará: ¿Qué es de tu vida?, ¿qué haces?, y yo le diré: Nada, Greta, no hago nada.

Y esta noche dejaré de escribirla.
Y se quedará conmigo para siempre.

Pero esto ella todavía no lo sabe.

Continúa...

Finales comienzos.

Clara y yo nos conocimos hace ya treinta años.



Treinta años y un día:

— No he encontrado el atún en el supermercado.
— ¿Qué no había atún en el supermercado?
— Claro que había atún en el super, Clara. Había montonoes y montones de latas de atún allí, cariño —apenas pude articular la palabra "cariño" a causa de lo mucho que me rechinaban los dientes. "Cada vez me revientas más, Clara" pensé rabioso y dije en voz alta —. Dos estantes llenos, repletos hasta los topes de latas de atún. Dos estantes sólo para el atún en el supermercado.
— Ah, ¿y entonces? —su voz me llegaba desde alguna habitación de la casa.
— Pues que no tenían el atún que nos gusta. No tenían ni una sola lata de "Atunes al Peso".
— Jo, ¿tampoco tenían queso? ¿Y entonces?
— No, caramelito... —da igual, ella tampoco me oía —. Queso sí tenían. Un estante frigorífico lleno de queso, cariño. Quince mil tipos diferentes de queso en el supermercado. ¿Sabes cuántos tipos de queso diferentes hay, cariño? ¿eh? Quince mil más o menos.
— ¿Y entonces?
— Y entonces no he encontrado atún en el super. Amor, caramelito, pichoncito...
— Pues podrías haber comprado ese... ese atún que tanto nos gusta...
— ¿"Atunes al peso"?
— No, cariño. No hay queso. Por eso te dije que lo compraras.

Ahí fue cuando llegamos a nuestro punto de inflexión.
Dije: "Ah". Y seguí leyendo el periódico.





Treinta años y dos días:

— ¡Ah! ¡Sí!
— ¿Qué? ¿Qué ocurre? —pregunté después de estar a punto de lanzar el periódico por los aires asustado por la reacción inesperada de Clara.
— "Atunes al peso". Así se llama el atún que me gusta.
— Ah, ¿sí?
— Sí, sí. A ti seguro que te gustaría.
— Lo probaremos entonces. Esta misma noche.

Esa noche no probamos el atún de la célebre marca comercial "Atunes al Peso". Freí un poco de carne en nuestra incombustible sartén de la marca "Nogancha".
— Las "Noganchas" son para toda la vida —me dijo el hombre que me la vendió. Y había resultado ser del todo cierto: las "Claras" te acaban fallando pero las "Noganchas" permanecen fieles hasta el final. Es así de cierto.
Respecto al atún de "Atunes al Peso", no lo volví a probar jamás.




Treinta años y tres días:

Estaba completamente absorto en las noticias del periódico. Cuanta desgracia. Huracanes en América, inundaciones en Asia meridional, pobreza... Sí, eso lo pasaba rápido. Me traía sin cuidado. En cambio, la sección de sucesos era algo tan sublime que no podía dejar de leer ni por un momento. Sólo el darme cuenta de pronto de que alguien me estaba observando mientras leía, sólo eso podía desengancharme de los sucesos . ¿Por qué? Por una solo razón: me sentía desnudo, me sentía avergonzado si alguien me observaba mientras leía los artículos de la sección de sucesos. Simplemente.
Bajé el periódico y la vi de pie, mirando con la boca entreabierta. Clara era realmente guapa y aquella postura, que en ella era demasiado común, le daba un aspecto horroroso. Como si se tratara de alguien con un discapacidad psíquica al que de un momento a otro le tiene que caer la baba porque no puede controlar las reacciones de su propio cuerpo. Alguien deficiente como aquella niña a la que su padre había matado junto a su esposa justo antes de suicidarse, no hace tanto, en Melida provincia de A Coruña. Antes de volarse la tapa de los sesos con el mismo arma que había usado para asesinar a sangre fría, a quemarropa, a su mujer y a su hija, escribió una breve nota. Una nota que decía solamente: "Lamento no haber pillado a mi suegra". Menudo chiflado. Aquello era horrible. "¡Dantesco!" había sentenciado el reportero gallego.
Me irritaba tanto aquella postura vulgar de mi mujer... tanto que con tal de que dejara de hacerlo podría llegar a hacer cualquier cosa. Dije:
— ¿Ya has limpiado el lavabo?
— Sí, lo he dejado como los chorros del oro. Se podría comer en el suelo de ese lavabo sin peligro alguno.
Dije:
— Sublime...
Y pensé: "Dantesco".
Pero a pesar del "sublime" ella no parecía conforme. Atacó sin fuerza, pero con ahínco:
— Antes no me ayudabas nada en casa. Antes nada. Y ahora me ayudas en casi todo. Casi te tengo que suplicar que me dejes limpiar el lavabo a mi sola. ¡No puede ser! ¡Así, no!
Yo estaba indignado.
— Bueno, bueno... hago lo que puedo... todo lo que puedo... joder... ¡estoy pre-jubilado!

Sí, nuestra realidad seguía distorsionándose irremediablemente. Parecía que nos bombardeaban letales ondas. Ondas electromagnéticas de alta frecuencia como aquellas que emitía una torre de alta tensión al lado de un colegio y que provocaban cáncer a niños y profesores en el pueblo de Cilleros, provincia de Cáceres. Pero sobretodo a los niños por el escaso grosor de su corteza cerebral.




Treinta años y cuatro días:

— ¡Joder! ¡Qué susto! ¿Qué haces ahí de pie mirando como leo el periódico?
— No, nada. No sabía que te gustaba leer el periódico.
— Sí, sí —dije desabrido—. Cada mañana leo el periódico.
La miré de arriba abajo. Desde sus pies enfundados en unas zapatillas rojas con la cara de Betty Boop hasta su boca terriblemente entreabierta. En la mano derecha llevaba una sartén de la marca "Nogancha" que parecía bastante vieja. Por lo menos debía tener treinta años.
— ¿Qué haces con esa sartén?
— No sé. Te iba a preguntar por ella. No se que hace aquí. ¿Te suena de algo?
— Pues no, no me suena de nada.




Treinta años y cinco días:

Aquello era impresionante. Increíble. "Un hombre de Barcelona, provincia de Barcelona, despierta un día y ve consternado que su mujer, con una sierra de marquetería, le ha cort...
— ¡Cariño! ¡Cariño!
—¡¿Qué?! ¡Estoy leyendo el periódico! ¡Ahora no! ¡Ahora...
— ¿El periódico? —preguntó extrañada —. Vaya, bueno... es que...
— ¿Qué ocurre?
— Nada... sólo que... ¿sabes de dónde han salido estas zapatillas de andar por casa?
— ¿Esas zapatillas rojas con el dibujo de Betty Boop?
— Sí.
— Pues no. No tengo ni idea de dónde han salido —pensé en ello durante dos segundos y dije al confuso —. Quizás te las compré yo. No sé.

Pasaron los días. Cada vez hubo más nerviosismo, pero sobretodo, más inseguridad. Más desconfianza hacia nuestra vida, hacia Clara. Hasta que...




Treinta años y veintinueve días:

Bajé el periódico y vi a una mujer que ya había visto antes. Me miraba embelesada, con la boca entreabierta. Era muy hermosa y esa postura, aunque poco favorecedora, le daba cierto encanto. Cierto encanto de persona observadora, inteligente. Nos observamos durante bastante tiempo y entonces ella me preguntó:
— ¿Y tú quién eres?
— Me llamo Juan —respondí suspirando.
— Encantada de conocerte, Juan. Yo me llamo Clara.
— Hola, Clara. Un placer.



Treinta años y treinta días:

Acabé de leer la sección de sucesos. Doblegué el periódico y me lo puse bajo el brazo. En ese instante vi a una mujer. Ella se dio cuenta de que la estaba mirando y me fulminó con su mirada. Una mirada que me reventó por dentro. Una mueca de desprecio que me hirió en lo más profundo de mi orgullo. Nadie más que ella podía reflejar tanta desconfianza en una sola fracción de segundo.



Sí, treinta años y treinta días después Clara y yo habíamos dejado de conocernos.




Continúa...

El nombre del gato.

Llegado el momento, empecé por las patas.


No lo hubiera hecho si mi mujer no me hubiera abandonado. No si aquella mañana de domingo, medio adormilado, hubiera lanzado el brazo hacia su lado de la cama y hubiera encontrado su cuerpo enfundando en la blusa de seda. Aquella blusa que, en algún momento que casi ya no recordaba del pasado, yo mismo había mantenido a ralla para colarme entre sus piernas.

Lancé el brazo pero no encontré nada. En ese momento pensé que se habría levantando pronto para ir a correr o para adelantar trabajo entre sus montones de papeles en la mesa del comedor. No era así. No estaba en casa. Ni había salido a correr. Su ropa de deporte seguía en el armario junto a todos sus pantalones, camisas, camisetas, abrigos, jerseys... Allí también estaban las maletas. Detalle que me alivió la preocupación, al menos, hasta que la llamé al móvil. Entonces me enteré de que había dado de baja el número. Tuve una sospecha y acerté. Llamé al banco. Alguien había retirado el cincuenta por ciento de nuestros ahorros. Había sido considerada, se había llevado su parte y había desaparecido dejándolo todo atrás. Se había fugado con una sola muda, por lo que era evidente que se había ido con otro. Otro que mantendría a ralla la blusa a partir de ahora. Otra blusa, claro, la que usaba para dormir cuando estábamos juntos la encontré al pie de la cama. La llevé conmigo varios días, mientras aún esperaba que volviera. Arrepentida, quizás. Torturada por la necesidad de tenerme a su lado. Sin embargo, cuanto más intentaba pensar que ella no tardaría en darse cuenta del inmenso error que había cometido, más daño me hacía el pensar que estaba alimentando falsas esperanzas, que ella por fin había encontrado la felicidad lejos de mí. ¿Y si yo estaba llorando y ella riendo? ¿Y si yo notaba el vacío mientras ella notaba como su vacío, para el que ya había creído que no había solución alguna, empezaba a llenarse? Llevé la blusa en la mano izquierda durante esos días, durante mis fantasmales paseos por el piso, durante las horas y horas que me pasaba echado en el sofá mirando el blanco del techo. Cada pocos minutos me la llevaba a la cara e inspiraba con todas mis fuerzas. Aún quedaba allí su fragancia.


Yo estaba en el paro y apenas tenía relación con el mundo. Dos factores determinantes para que me encerrara a cal y canto en el piso. Aún así, no estaba solo. Mi mujer no sólo se había dejado la ropa, las maletas y sus papeles. Se había dejado también a su gato. Un gato siamés de grandes ojos azules llamado Little Clown. Le había dicho varias veces lo estúpido que era aquel nombre. La verdad es que muchas veces le decía cosas a mi mujer que sonaban mal, que le hacían daño, y nunca supe decirle que lo sentía. "Tú no te das cuenta, pero haces daño con esos comentarios" me decía constantemente. Se equivocaba. Se equivocaba por completo. Sí, me daba cuenta. Sí. Siempre, siempre sentía el daño que estaba haciendo. Y lo peor es que eso me convertía en alguien aún más despreciable. En vez de dar un paso hacía adelante, más allá de la invisible empatía que convertida en una acción de perdón aliviaría el dolor de mi mujer, se me ocurría decir como un bribón sinvergüenza: "Es así, es así. Yo soy sincero, ¿preferirías que no lo fuera? ¿Preferirías que te mintiera?". Podía oler en aquella blusa esos momentos. La incomprensión, el amor propio... sus muecas histéricas. Ella me miraba y decía: "¿Sincero? Vete a la mierda". Al final, supongo que al ver que no me iba a la mierda, decidió tomar la iniciativa.

Podía vivir sin mi mujer. Perfectamente. La cosa entre nosotros iba mal. Siempre había ido mal. Y bien. También bien. No era una relación fácil, era una relación de dos personas, dos elementos complejos. Una persona es algo complejo. Es algo complejo que quiere ser simple a toda costa. Quiere ser simple para no tener miedo. Me asustaba mucho el pensar en como lo complejo supera con creces a lo simple. Queremos imponer lo simple, pero lo complejo rebosa. Y me asustó también el que una mañana, un mes después de que me abandonara, desaparecieran su ropa y sus maletas. Entonces, casi a punto de perder la cabeza, revisé toda la casa de arriba abajo. Desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche busqué desesperadamente una señal, una nota de despedida... Algo. Un "adiós". O mejor. Un "que te zurzan". Algo.
Nada. No encontré nada. Sólo su blusa en el suelo, en el mismo sitio que yo mismo la había dejado por la mañana. Volví a cogerla para llevarla conmigo al sofá. Volví a seducirla y a susurrarle gimoteando: "lo siento".

Como algo normal en la sucesión de los acontecimientos, al día siguiente, desapareció el armario. ¿Qué cómo había conseguido llevárselo sin despertarme? No tenía la más mínima idea. Yo tenía suficiente con su blusa y con mi dolor. Eso lo ocupaba todo. Al día siguiente, sábado, me desperté y no estaban las mesitas de noche. El domingo me quedé sin televisión y sin algunos cajones de la cocina. El lunes sin mesa del comedor y sin estantería de libros. El martes sin libros, sin cama de invitados y sin retrete. Así hasta que no quedó absolutamente nada.

Volvía a ser lunes y yo me despertaba tendido en el suelo de una habitación vacía. Me pasé horas vagando por el piso palpando las paredes como si acabara de quedarme ciego y estuviera completamente desorientado en mi propio cuerpo. Se había llevado las ventanas.

Desperté veinticuatro horas después y vi que al piso le faltaban metros cuadrados. En tres días perdí las habitaciones, la cocina, el lavabo... Todo menos el comedor. Allí estábamos yo y Little Clown, y más que nunca tuve la convicción de que ese era el nombre más estúpido que alguien podría ponerle jamás a un gato. Estaba rabioso. Suerte que aún me quedaba la blusa. La blusa a la que cada noche se habían aferrado mis manos para que no desapareciera junto a todo lo demás. Aquel desasosiego era insoportable. No obstante, en ningún momento se me pasó por la cabeza salir por la puerta. Ni siquiera sabía ya si tenía puerta.

Poco a poco, a cada noche que pasaba, el comedor se iba haciendo más pequeño. Y más pequeño. Y, entonces, ocurrió una desgracia. Me desperté y Little Clown se estaba comiendo la blusa. Se comía la blusa y me miraban sus ojos azules, esos ojos azules que me producían escalofríos, esos ojos azules que me decían: "Tú no te das cuenta, pero haces daño con esos comentarios". Y ese nombre: Little Clown. Ese ser que había recibido más caricias de mi mujer en el último mes que yo en los cinco últimos años. ¡Se estaba comiendo la blusa! La blusa y su fragancia. La blusa y su amargura. En ese instante sentí que no me quedaba nada e iracundo golpee a Little Clown en la cabeza. Con la mano izquierda. No tardó en sangrar por la boca. Había perdido la consciencia. Uno de los dos había perdido la consciencia.

Cuando clavé mi primer mordisco en la pata del felino aún podía notar como respiraba. Sí, claramente, Little Clown estaba vivo cuando lo devoré.

Continúa...

Alburquerque

Todo empezó una noche oscura de sol radiante.

Hacía tanto frío que Roy se puso una camiseta de tirantes y los pantalones cortos que se compró el otro día en una tienda que estaba de liquidación, una tienda de un centro comercial de las afueras, un centro comercial en crisis en el que casi todas las tiendas estaban cerradas, un centro comercial espléndido, sufriendo una crisis espléndida, magnífico centro comercial.

Antes, claro, se había levantado de un salto de la cama, perezoso como cada mañana de noche oscura de sol radiante.

Sin hambre, Roy se preparó dos huevos fritos, seis trozos de beicon, tres tostadas con mantequilla y mermelada que devoró lentamente, y un litro de zumo de pomelo, que engulló con parsimonia.

Se duchó, se secó, se lió un porro, se lo fumó, se peinó y, ahora sí, como hacía tanto frío, se puso una camiseta de tirantes y los pantalones cortos de los que hablamos.

Al salir a la calle, el sol radiante de aquella mañana de noche oscura le cegó y Roy tuvo que abrir bien los ojos debido al sol radiante del que acabamos de hablar.

Caminaba por la calle sin rumbo fijo, sin saber muy bien adónde ir, casi tambaleándose no se sabe muy bien por qué, si por el porro, por los seis trozos de beicon, por el litro de zumo de pomelo, no se sabe muy bien por qué, dijimos. Así que caminaba tambaleándose, como un majestuoso guepardo por la sabana.

Su teléfono sonó, el móvil de Roy sonó mientras éste se tambaleaba como un guepardo orgulloso. Roy sacó del bolsillo el móvil, sacó de su bolsillo su móvil no sería correcto debido a la repetición del su posesivo, así que Roy sacó del bolsillo el móvil, aunque Roy sacó de su bolsillo el móvil estaría bien, y también Roy sacó del bolsillo su móvil, pero lo dejaremos como al principio, porque ya sabemos que tanto el bolsillo como el móvil son suyos.
Así, Roy sacó del bosillo el móvil.
Miró la pantalla.
Brenda llamando.
Responder. Cancelar.
Como Roy tenía muchas ganas de hablar con Brenda, apretó rápidamente el botón de Cancelar y se volvió a guardar el móvil en el bolsillo y continuó caminando majestuoso tambaleante, quizá por el porro, por el beicon, en fin, de esto ya hemos hablado y no tiene el más mínimo interés.

Roy, ya con el móvil de nuevo en el bolsillo, llegó a su trabajo.
Aquí sí que se puede utilizar el posesivo. ¿Por qué? Porque queda bien.

Una vez en su trabajo, pasó seis horas sentado en una silla de madera observando a personas que miraban cuadros y se fue.
Al salir ya era de día y en aquella zona donde estaba situado su trabajo, un polígono industrial, las farolas habían sido magistralmente reventadas a pedradas por niños y padres y madres y abuelas, por familias enteras las farolas habían sido magistralmente reventadas, así que ahora, al salir Roy de su trabajo, de día y sin farolas, poco se podía ver en esa zona.

Caminando de vuelta a casa un coche le hizo luces y se detuvo a su lado.
El conductor bajó la ventanilla del acompañante.
Roy se acercó.
El conductor le extendió la mano en la que llevaba algo.
Roy extendió la suya esperando recibir aquello que contenía la mano del conductor.
Entonces el conductor soltó un chicle en la palma de la mano de Roy y dijo: Tíralo por ahí, anda.
A lo que Roy, lleno de rabia y furia y melancolía y amor, contestó: De acuerdo, así lo haré.

Ya en casa, se tumbó en la cama, cogió el móvil y llamó a Brenda. No lo cogió. Tres veces la llamó. No lo cogió ninguna vez, dijimos. No lo cogió. Es decir, no hubo comunicación entre Roy y Brenda. Así que Roy le envió un mensaje: Hola Brnda. Me gustaría follarte ahora mismo. ¿Es posible? Si es que sí, no vengas a mi casa. Si es que no, ya sabes donde vivo.
A los pocos minutos Roy recibió un mensaje: Su saldo actual está a punto de agotarse.

Después de un rato, da igual cuánto sea, una hora, dos, qué más da, un rato, un rato, después de un rato alguien llamó a la puerta.
Roy pensó: Esa es Brenda, que no quiere follar.
Fue a abrir.
Un hombre con camisa de franela a cuadros estaba apoyado en el marco de la puerta cuando Roy abrió. Lo hacía como quien llega cansado, o como quien está derrotado por la vida, o como quien quiere apoyarse en el marco de una puerta.
Roy le preguntó: ¿Le puedo ayudar en algo?, a lo que el hombre de camisa de franela a cuadros contestó: Me llamo Frederic y nací en Alburquerque, Nuevo México. Y Roy le preguntó: ¿No Alburquerque, Badajoz? Y el hombre de camisa de franela a cuadros contestó: No, Alburquerque, Nuevo México.
Está bien, dijo Roy. Adiós, dijo el hombre de camisa de franela a cuadros.
Antes de cerrar la puerta, Roy se quedó mirando a aquel hombre de camisa de franela que ahora se alejaba y bajaba las escaleras hacia la calle. ¿Y si no me estaba mintiendo?, pensó Roy.
Cerró la puerta y se volvió a tumbar en la cama.
Sonó el móvil.
Brenda llamando.
Responder. Cancelar.
Cancelar.

Continúa...

APERTURA 10am – CIERRE 5pm

Era una de las mejores mañanas de junio: En el zoo se respiraba tranquilidad antes de su apertura, el aire balanceaba las hojas de los árboles, el sol acariciaba las caras de los entusiasmados invitados y había un tráfico espantoso. 

Las travesuras de los chimpancés hacían las delicias de los más pequeños, los leones, estirados en las grandes losas de piedra, eran objetivos de las cámaras de video y las panteras acechaban cerca de las vallas a los extranjeros perdidos que buscaban la zona de los reptiles en el mapa. Al cabo de unas horas, el número de visitantes había aumentado considerablemente. El calor se fortalecía, los mosquitos comenzaban a molestar y las colas del baño eran kilométricas. Los búfalos miraban con descaro a la multitud amontonada al otro lado del cerco mientras paseaban por el borde de la zanja. Las cebras se perseguían por la pequeña sabana, jugando con sus compañeras las jirafas, que saciaban su delicado apetito con las ramas de una alta acacia. Los hipopótamos se daban un agradable chapuzón en su estanque y los tigres dormían tumbados al sol, ajenos al vocerío humano. Los pájaros sobrevolaban sus nidos mientras las crías asomaban sus picos sobre las ramitas oteando a la muchedumbre que intentaban fotografiarlas por entre las cabezas de los demás individuos. Los loros discutían sobre la calidad de los frutos secos ante las miradas inquietas de los niños.Entrada la tarde, el ambiente estaba demasiado cargado, los hombres y mujeres del parque estaban cada vez mas nerviosos, los flashes de las cámaras empezaban a ponerles histéricos y el vocerío les alteraba los nervios. Algunos se encaraban y lanzaban sus puños contra sus contrincantes, golpeándose el pecho clamando por su territorio. Los más jóvenes escapaban corriendo o se subían a los árboles, esquivando las represalias. Las cebras dejaban de jugar, los pájaros volvían a los nidos para proteger a sus hijos asustados, los tigres rugían y los búfalos sacaban sus cámaras de vídeo digitales. La situación requería la inmediata actuación de los guardias. Disparaban dardos tranquilizantes para detener su huida y atizaban con sus látigos a las crías enfurecidas.
Al caer la noche, el parque cerró sus puertas y los animales se fueron a sus casas.

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Continúa...

Dos hombres y un ataúd.

Ancla sus manos en el cristal protector y cuando sus ojos se humedecen para desprenderse de las primeras lágrimas echa la cabeza hacia atrás como si quisiera invertir el proceso: llorar hacia dentro para no manchar el cristal bajo el cual descansa el muerto.

Aún así, RIGOBERTO no está seguro de que en ese ataúd esté realmente su amigo. Una persona le parece algo demasiado grande como para caber en esa exigua caja de madera. A pesar de ello, él había acabado con su vida mucho antes de que su corazón dejara de bombear sangre, mucho antes de que su cerebro dejara de albergar los impulsos eléctricos que creaban ese universo llamado DARL. RIBOBERTO sigue mirando hacía arriba para no llorar. Mira al techo porque no cree que más allá haya cielo alguno.

A su espalda está el otro hombre que presencia el velatorio. Sólo son dos. Y el cadáver. BURMÁS no mueve ni un solo músculo de su cuerpo. Rígido, preso de una tensión desproporcionada, mira al suelo como si quisiera desaparecer en él. Espera encontrar una pequeña grieta en las baldosas para bajar al infierno y cruzar las llamas con la esperanza casi esquizofrénica de no encontrar en las entrañas de la tierra a su amigo DARL.





RIGOBERTO (como saliendo de un breve sueño). Si todo el mundo tuviera un tercer brazo, Burmás... ¡ay si todo el mundo tuviera un tercer brazo!

BURMÁS (desabrido, molesto por la intervención de RIGOBERTO que ha roto el hilo de sus pensamientos). ¿Un tercer brazo? ¿Para qué tendría alguien que tener un tercer brazo?

RIGOBERTO. Por eso. Por eso mismo se me ha venido a la cabeza esa idea descabellada. Si todo el mundo tuviera un tercer brazo y con él una tercera mano con la que permanentemente sujetará una pistola que apuntará a su cabeza... ¿sabes que pasaría?

BURMÁS (seco). Me da igual. No es el momento.

RIGOBERTO. Sí, lo es. Burmás, aquí no hay nadie. Es el momento.

BURMÁS. Aquí está Darl.

RIGOBERTO (presionando sus puños contra el cristal). ¡Aquí no hay nadie!

BURMÁS. Mierda, Rigo. Mierda.

RIGOBERTO (recalcitrante). ¿Sabes que pasaría? Si todo el mundo tuviera una tercera mano con una pistola permanentemente apuntando a su cabeza... ¿sabes que pasaría?

BURMÁS (irritado, queriendo resolver cuanto antes). ¿Qué pasaría?

RIGOBERTO (empezando con un susurro y levantando el tono de voz muy poco a poco, de manera casi agresiva). Pues que no existiría ese "todo el mundo". No habría humanidad. Por voluntad propia, en un momento u otro, la gente apretaría el gatillo y se volaría la tapa de los sesos. Así, por cualquier cosa. Yo mismo lo haría. Lo haría por cualquier tontería. Sólo necesitaría un pequeño motivo, da igual cuál fuese siempre y cuando me provocara una de esas sensaciones de furor. Uno de esos arrebatadores impulsos... ¿Sabes de lo que te hablo? Por tres segundos te hierve la sangre, contraes tu mandíbula y algo se contrae dentro de ti... Apretaría el gatillo una y cien mil veces... Y no podría arrepentirme porque estaría muerto. Si, en cambio, pudiera pensar después de hacerlo seguro que me parecía la tontería más grande del mundo. Pensaría: ¡cómo pudiste hacerlo pedazo de inútil! No hay nada más importante que la vida... mi vida... y... (voraz) en cambio, hay momentos, instantes, milésimas de segundo, que la vendería... ¡mi vida! la vendería por darme el placer de abordar a la nada. Porque sí. Por destruir. Por... por morir. Por la más absoluta nimiedad. Bueno, nimiedad, por ese mismo tipo de nimiedad que se acumula con tantas otras nimiedades y que hace de una persona inteligente, sensible, un drogodependiente a los sesenta años. Simplemente, llevas sesenta años llevando una vida normal y de repente necesitas el Prozac como el comer. Eso si no te pegas un tiro o te cuelgas en el porche de tu casa. ¡A los sesenta años! Yo no tengo porche, quizás es una idea demasiado...

BURMÁS (sin poder aguantar más la verborrea de su amigo. En un tono lastimoso). ¿Por qué piensas en eso ahora? Darl acaba de morir...

RIGOBERTO (como repitiendo una voz interior). Darl acaba de morir...

BURMÁS. ¡Rigo! ¡Basta! ¿No puedes guardar silencio? ¿No puedes llorarlo en silencio?

RIGOBERTO. No. Sabes que no me puedo callar. No puedo. Me aterra el silencio. Y aquí más. Tengo la impresión de que si dejo de hablar y esto se queda en silencio, Darl empezará a torturarme. Empezará a hablar y a decirme... y a preguntarme... Rigoberto, ¿por qué no hay nadie en mi entierro? ¿Por que sólo estáis vosotros, mis amigos del alma? Y yo... yo no sabría qué decirle... la droga...

BURMÁS. ¡Calla!

RIGOBERTO. Lo siento. Lo siento, Burmás. Intentaste ayudarlo.

BURMÁS (rugiendo). Cállate. Tú no sabes nada.

RIGOBERTO. Sé lo que tengo que saber. Esto también ha sido un palo muy duro para mí. Y sé lo que significa para ti. Lo siento tanto, Burmás. Pero era el destino... era lo que le tenía preparado a Darl, no hay más remedio que asumirlo... es el destino lo que ves al otro lado de este cristal.

BURMÁS (paralizado por una extraña sensación. Sin comprender). ¿El destino?

RIGOBERTO. Sí... las drogas lo destruyeron. Estaba escrito que esto acabaría así. Su familia renuncio a él... sus amigos... su mujer. Sólo quedamos tú y yo. Y tú intentaste que trabajara en el taller donde trabajas. ¿Cuánto duró? ¿Seis meses?

BURMÁS (con un hilo de voz apenas audible). Cinco meses, quince días, dieciocho horas... en el taller...

RIGOBERTO. ¿Cinco meses has dicho?

BURMÁS. Sí. Eso. Eso he dicho. Cinco meses.

RIGOBERTO. Demasiado duro el taller para él.

BURMÁS (apunto de echarse a llorar). Demasiado duro...

RIGOBERTO: Demasiado sucio...

BURMÁS. Demasiado sucio...

RIGOBERTO. Demasiado...

DARL (voz aterradora que retumba en el ataúd). ¡BASTA!

BURMÁS (aterrado por las palabras del muerto da un salto). ¡¿Qué?!

RIGOBERTO (girándose asustado por el grito de BURMÁS). Pero, ¿qué te ocurre? ¿A qué ha venido eso?

BURMÁS (petrificado, señalando el ataúd). Él... él... él...

RIGOBERTO. ¿Él? ¿Qué?

BURMÁS. Él, él... él ha habl...

DARL (con voz estentórea) ¡BASTA! ¡BASTA, BURMÁS!

BURMÁS (resignado, preso en una especie de delirio). Sí... basta... Darl... basta...

RIGOBERTO. ¿Pero te has vuelto loco? ¿Qué te ocurre?

BURMÁS. Yo... Él...

DARL. ¡BASTA he dicho! ¡BURMÁS! Tú no trabajas en un taller...

BURMÁS. Yo no trabajo en un taller...

RIGOBERTO. ¿Qué? ¿A qué viene eso? ¿Dónde trabajas sino?

DARL. Es sólo una mafia...

BURMÁS. Es sólo una mafia...

DARL. La droga... tu me metiste en ese mundo....

BURMÁS. La droga... yo te metí en ese mundo...

RIGOBERTO. ¿A quién? ¿A Darl? ¿Tú? ¿En la droga?

DARL. Tú me destruiste...

BURMÁS. Yo te destruí...

RIGOBERTO. ¿Qué? ¿Pero con quién hablas?

DARL. ¡BASTA!

BURMÁS. ¡Basta!

DARL. Fuiste tú...

BURMÁS. Fui yo...

RIGOBERTO. ¿Tú qué?

DARL. Tú me mataste...

BURMÁS. Yo te maté.

RIGOBERTO. ¿Qué? ¿Por qué? No. No me vengas con esas. Tú no, tú no lo mataste. ¿Con quién hablas?

DARL. Te pagaron para que lo hicieras...

BURMÁS. Me pagaron para que lo hiciera...

RIBOBERTO. No, no... no digas tonterías.

DARL. Yo os quise engañar...

BURMÁS. Él nos quiso engañar...

DARL. Yo estaba acabado, yo estaba muerto de todas maneras...

BURMÁS. Tú estabas acabado de todas maneras... tú... tú... (haciendo un ímprobo esfuerzo) tú estabas muerto de todas maneras.

BURMÁS abre los ojos de par en par y se mantiene a la espera. Sólo recibe silencio del ataúd. Poco a poco comprende que todo se ha terminado. De repente sus piernas le fallan y cae al suelo.
Adoptando una posición fetal emite un grito desgarrador y empieza a llorar desconsoladamente. RIGOBERTO ha dejado de apoyarse en el cristal y se ha vuelto hacia BURMÁS. No para de repetir una y otra vez lo mismo.

RIGOBERTO. No, tú no. No. Pero, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? ...

BURMÁS (balbuceando entre gemidos). Nunca pensé en hacerlo... No. No lo iba a hacer, no... Él tuvo un mal gesto... él... delante mío... tuvo... y yo... y en mí... el se echó a reir... en mí un impulso. Un impulso fatal. ¡Y el dinero!

RIGOBERTO (Las palabras de su amigo le suenan a algo que ha dicho, pero no es capaz de conectar con la realidad, ni siquiera con el pasado más inmediato. Todo ha sido muy rápido, la estructura que se ha alzado durante años se ha deshecho con demasiado celeridad. Intenta recuperar el aplomo en vano). ¿Un impulso? ¿Un impulso?





BURMÁS sigue llorando. Palpa todo su cuerpo con sus manos temblorosas. Busca su tercer brazo, su tercera mano y su pistola. No la tiene. Tampoco tiene porche, ni valor. Lo único que tiene es la seguridad de que no habría arrepentimiento si lo hiciera. Ahora su vida desaparecerá con las cenizas de DARL. Polvo, vida y más polvo. Y, quizás, gracias al médico, quilos de Prozac.

Continúa...