una sensación extraña

"Qué será de nosotros", era lo único que repetía aquella abuela rusa de aquel documental.
Lo repetía una y otra vez mientras se balanceaba en una silla carcomida que, probablemente, perteneció a su abuela, una abuela que, supuse, también se habría hecho la misma pregunta unas cuantas veces.
Muchas.

Muchas veces le tuvo que repetir la madre de Seth a Seth que la cena ya estaba lista.
Cuando bajó, la cena se había enfriado.
¿Qué hacías?, le preguntó la madre de Seth a Seth.
Estaba escuchando música, respondió Seth.
¿Qué clase de música?, siguió la madre de Seth.
De todo tipo, contestó Seth.
¿No puedes decirme algún grupo, por si lo conozco?, continuó la madre de Seth.
Entonces Seth, después de tragar un trozo de pollo frío dijo: Da igual, no los conoces.

Sylvia: No los conoces, no puedes opinar.
Sean: Puedo opinar de quien me dé la gana.
Sylvia: Es cierto, pero sería mejor que supieses de lo que hablas.
Sean: Mira, preocúpate de tu vida y de tus problemas, que bastante tienes.
Sylvia: ¿Ah, sí? ¿Qué problemas tengo?
Sean: Tú sabrás, tienes pinta de neurótica.
Sylvia: ¿Y tú, de qué tienes pinta?
Sean: No lo sé, dímelo tú.

"Dímelo tú, qué has sentido, yo sé lo que sentí pero quiero saber qué siente otra persona, qué has sentido tú". Joe miraba a Mariane con la certeza de que no iba a encontrar ninguna respuesta. Aún así, la estuvo esperando.
Entonces Mariane dijo: "Es una sensación extraña".

Es una sensación extraña como la que vivieron los pasajeros del vuelo B-747 procedente de Berlín con destino Tokyo.
Algo sucedió durante la noche del vuelo. Nadie se atrevió a hacer declaraciones. Las noticias que se publicaron fueron confusas. Se habló de magia negra, también de fenómenos paranormales, incluso de extraterrestres.
La cuestión es que a treinta pasajeros de ese vuelo, al aterrizar en Tokyo, les faltaban dientes.
Científicos de todo el mundo no han podido explicar el extraño suceso.
Tanto la compañía aérea como los propios pasajeros afectados nunca han querido hacer declaraciones al respecto.
Pero en algún lugar del espacio o del tiempo deben estar esos dientes.

Esos dientes que me saludaban cada vez que sonreías, cómo recordaré esos dientes un poco mal puestos y esos dientes me transportarán, me guiarán hasta entonces, cuando nos sentábamos en aquel columpio en el que apenas cabíamos y nos contábamos cosas para conocernos, para reconocernos, y nos quedábamos en silencio y entonces yo no sabía qué decir y te miraba y tú sonreías y esos dientes me saludaban y yo no necesitaba nada más para ser feliz que esa noche, ese columpio y esos dientes, incluso sin ti me hubiera bastado para ser feliz, sólo con que me hubieras dejado esos dientes allí, saludándome de vez en cuando, lo demás no me hacía falta, de hecho no lo recuerdo, no recuerdo si hacía frío o calor o llovía, sólo recuerdo que era de noche, ese columpio y esos dientes, tus dientes, dónde estarán esos dientes, por qué todo lo que me hizo feliz ya no sé dónde estará.

No sé dónde estará ese hombre.
Lo vi un día desde la ventana de mi segundo piso, un día que me había quedado en casa porque no me encontraba muy bien.
Yo estaba junto al ventanal que da a la avenida. Me tomaba una taza de leche. Tenía la ventana abierta porque Marnie, mi gata, había salido al balcón. La miraba, miraba sus contoneos, sus extrañas figuras paseando sobre la baranda.
Entonces un hombre se acercó, se detuvo bajo el ventanal y dijo "cuatro".
Y se fue.
Pero no me lo dijo a mí, no sé a quién se lo dijo, a nadie, supongo, hablaba solo, siempre he creído, hablaría consigo mismo, pensé, recordando algo importante.
¿Qué será de aquél hombre?
Ni se imaginará que estamos hablando de él ahora mismo, claro.
¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Habrá muerto? ¿Por qué tiene que haber muerto?
Me gustaría saber qué será de aquél hombre.
Pero, sobre todo, qué será de nosotros.

1 comentario:

Sheila dijo...

Simplemente perfecto :)