Sujeté con fuerza sus muñecas para evitar que me estrangulara con aquellos guantes blancos manchados de sangre. Me miraba con la sonrisa más malévola que jamás haya visto. Sentía su respiración agitada, escuchaba crujir la pintura seca que cubría su rostro cuando la piel se arrugaba al hacer más fuerza. Dimos media vuelta y me empujó contra las estanterías, junto al sofá.
Mi hermano le había contratado para que distrajera a los niños mientras tomábamos unas copas después del pastel. Yo había estado acuerdo, porque sabía que a Celia le entusiasmaban los trucos de magia. El regalo que le compré, un sombrero de copa, no podía ser más adecuado.
“Los buenos magos no revelan sus trucos”, dijo él cuando le entrevistamos para el trabajo. En aquel momento ni siquiera sentía curiosidad por conocerlos. No había ningún conejo bajo la chistera, no eran ases lo que escondía en la manga.
La sala olía aún a tarta de nata y a cera derretida. Para entonces, en el ambiente flotaba también el olor de la sangre y la carne quemada. El suelo estaba lleno de confeti, serpentinas y collares de papel. Pero no todos los colores eran alegres bajo nuestras pisadas, también corría la sangre de los invitados, del perro…
Le aparté de una patada en la barriga, dejando la marca de la suela de las botas en su esmoquin de papel. En ese instante, se abalanzó sobre mí con toda su ira sosteniendo un tenedor. Conseguí esquivarlo y le rodeé con los brazos por la cintura. Tropezamos con la mesa y caímos al suelo, junto a la abuela Roberta. Le agarré por el cuello y le di un puñetazo en la nariz. Se tocó el bolsillo de la chaquetilla y surgió de su pajarita un chorro de agua hirviendo, quemándome la cara.
Grité, me froté los ojos y me eché un refresco para aliviar la irritación. Aún tendido en el suelo, el mago murmuró:
- Celia se presentó voluntaria para el truco, lo hizo muy bien, es una buena chica. Lástima que lo demás muchachos no aguantasen tanto.
Era un monstruo. Un grandísimo cabrón. Salté por encima de él y me dirigí a la ventana. Sentí sus pasos acercándose detrás de mí. Con los ojos en blanco, el mago quiso lanzarme una silla a la cabeza, pero me agaché y le di una patada en la rodilla. Fui hasta la mesa y cogí el cuchillo que habíamos usado para cortar el pastel. Tosí por culpa del humo que salía de la habitación de juegos.
- Se puso el sombrero -continuó el mago, relamiéndose el líquido oscuro que brotaba de su nariz- y comenzó a atar a sus amiguitos, tal como yo se lo indiqué. El círculo de fuego es mi juego favorito -avancé hacia él y levanté el arma hasta su cara -. ¿Quiere que le cuente cuál es el truco? Los niños son inocentes -la sonrisa se borró de su cara-. No como usted.
En el exterior los copos de nieve caían lentamente. Clavé el cuchillo en el pecho y un chorro de agua hirviendo y lodo surgió del corte. Le golpeé en la rabadilla y rompió los cristales, precipitándose al vacío. Aterrizó sobre la nieve produciendo un suave estrépito. Me asomé para asegurarme de que la pesadilla había terminado. Le vi tendido en el suelo, boca abajo, aparentemente muerto. Estuve observándolo unos segundos, el tiempo justo para ver cómo se levantaba, se sacaba el cuchillo clavado en su esmoquin y comenzaba a trepar por la fachada, ágil como una lagartija, con los ojos fuera de sus órbitas. Su estridente risa llegaba a mis oídos, aquel ser no podía ser humano.
Me separé del alféizar, no me aventuré a asomarme otra vez por miedo a encontrármelo a pocos centímetros. Anduve deprisa hacia el pasillo evitando mirar en la habitación de juegos, cuya puerta estaba entrecerrada. No pude evitar escuchar los gemidos que surgían del interior.
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Nada por aquí.
la esquina del techo
Vinieron las gaviotas y se llevaron a nuestros hijos
mientras hacíamos cuentas de lo gastado en vacaciones
y tú me echabas en cara el haberme comprado ese licor.
Acurrucados de miedo bajo sus alas
los dejaron caer al mar cuando nadie estaba mirando
y creo que el agua ni siquiera salpicó las rocas.
La esquina del techo que dejamos sin pintar
parecía entonces de otro color más claro, diferente,
y la estuve mirando contigo toda esa tarde y toda esa noche.
Llamamos a tu madre y le explicamos lo sucedido
empecé a preparar las maletas de siempre
y desde el teléfono me miraste como si nunca me hubieras visto.
Vinieron las gaviotas y se llevaron a nuestros hijos
por la ventana vi a aquel viejo cortando los alambres
y me pregunté para qué los querría, precisamente hoy.
La leche de la nevera está caducada, me dijiste,
llevo algo clavado en el talón desde hace unos días
y no sabría decirte por qué no te lo había dicho aún.
Fuimos a la habitación de nuestros hijos
las persianas estaban subidas pero no entraba la luz
y las arrugas de las sábanas me recordaron un fracaso al acecho.
Por la noche bajamos a la reunión de vecinos
nunca me había fijado en aquel que llevaba un parche en el ojo
y te observé mientras leías los nombres en los buzones.
Vinieron las gaviotas y se llevaron a nuestros hijos
la hierba recién cortada volaba de un lado a otro del patio
y alguien gritó a lo lejos algo que no pude entender.
Estuvimos paseando toda la noche, bordeando la costa,
en busca de alguna señal que nos hablara de ellos
y cuando te quise abrazar tu mirada me dijo algo parecido a un no.
Luego volvimos a casa y te pusiste a pintar la esquina del techo
pero la pintura que utilizaste no era realmente pintura
y te mentí cuando te dije que lo dejaras, que ya estaba bien.
Todavía no sabemos nada de nuestros hijos
lo que empezó como algo extraordinario se ha convertido en rutina
y nos decimos cosas al oído de tal manera que no nos podamos entender.
Vinieron
las gaviotas
y se llevaron a nuestros hijos.
El mundo de los otros.
Se bajó del coche y miró en ambos sentidos de la calle detenidamente, persiguiendo con la mirada la línea blanca discontinua sobre el asfalto negro. Los muros que guardaban a derecha e izquierda los jardines y las casas, los adultos y los niños, se extendían en dos filas interminables hasta donde alcanzaba la vista. La luz del sol reverberaba en ellos de tal manera que uno a continuación del otro parecían formar dos grandes murallas. Como puzzles discordantes, un fragmento para cada tribu, y ahí, en el centro, contundente, para todos, el río de alquitrán.
Sobre el alquitrán negro pasó un coche blanco, blanco roto, y él alzó la mano inconscientemente a la sombra humana situada al otro lado del parabrisas. Por un momento parecía haber querido pararlo con la confusa intención de preguntar algo. Algo como:
—Perdone, ¿sería tan amable de indicarme dónde queda el número 33 de la calle Letedoma?
Afortunadamente el conductor no prestó atención a su gesto y siguió su marcha pisando un poco más, intencionadamente o no, el acelerador.
El ruido de motor lo hizo tambalearse, revolviéndose con sus pies enmarañados sobre cada uno de los puntos cardinales. Cuando parecía que iba a caerse, sus piernas se decantaron hacia el interior de la acera y su hombro topó con una puerta, cuya pintura gris desconchada parecía caerse a trozos. Al parecer ese era su torpe cuerpo, ochenta quilos de carne y hueso que descubría de pronto bajo su cabeza, enfundados en un traje plomizo y una corbata asfixiante. Su mano de autómata, color sepia, sí, su mano, buscó en el bolsillo derecho del pantalón y sacó, sin pensarlo, unas llaves.
Bastaron un movimiento certero de muñeca y un leve empujón para que la puerta se abriera y, entonces, miró atónito el jardín que le descubría la abertura rectangular de la entrada. Aquel césped era, otro día más, un auténtico desastre. Y el culpable de aquel lamentable desorden, como empezaba a dilucidar, no era otro que el gato de los vecinos, que había vuelto a hacer de las suyas durante la noche.
La idea del gato crispó la expresión de su rostro y, de alguna forma, le obligó a recobrar el sentido y, también, a sentir la vergüenza que empezaba a provocarle su propia actitud. Por primera vez en su vida se había desorientado. Desorientado a los treinta y tres años como un viejo aquejado de una de esas penosas enfermedades degenerativas.
En la puerta había un buzón, en el buzón una abertura y en la abertura una carta colgando a punto de caer al vacío. Una carta que decía:
Carlos y Clara Punzón, calle Letedoma número 33.
Sí, aquel era su nombre. Cinco letras una detrás de otra: C-a-r-l-o-s. Y el de su mujer, Clara. Aquella era su casa y, aquel, su desastroso césped. Dio un paso, dos, tres, hacía el interior y cerró cuidadosamente su puerta mientras sus labios esbozaban una tímida pero incontenible sonrisa. Dentro, lo suyo. Fuera, lejos, a pocos centímetros de una puerta y una fina capa de pintura gris desconchada, de un muro en una sucesión de muros y un nombre de una sucesión de cinco letras, sí, lejos, el mundo de los otros.
Rain
PARTE II
1700 años antes:
El sol entró por las rendijas de la cabaña, despertándolo de un sueño profundo y aterrador. Se había enfrentado con aquel malvado tigre que merodea por la arboleda. De nuevo había sentido su cálido aliento en su cuello y su gruñido zumbando en sus oídos.
Las hojas del álamo cubrían todavía el cuerpo de su hermano dormido, le dio una sacudida en el hombro y abrió los ojos perezosamente. Miró que se le había abierto la herida y unos insectos con alas se estaban dando un festín. Se había caído desde unas rocas mientras jugaba con sus amigos junto al río. ¿Por qué tenía que tener un hermano tan torpe? Sólo era una carga para él en cuanto a cazar se trataba, siempre le retrasaba mientras perseguían una presa para la hora de la cena. Se sentó junto al fuego para saborear un mango y su hermano le dio un golpe detrás de la cabeza. Encima de torpe, idiota.
Su padre era el jefe de la tribu, un hombre estricto y respetado. Había reunido a varios de sus hombres para organizar una recolecta de madera. Casi todos llevaban grandes pendientes de madera, los de los campesinos eran alargados, los de los guardias tenían forma de caracol y los cazadores llevaban uno en la nariz, atravesado en el tabique.
Aquella mañana húmeda en la selva, los pájaros no cantaban. Y él se había dado cuenta. Normalmente se oye un escándalo considerable cuando el sol está alto en el cielo. Pero en aquel momento, parecían haber desaparecido todos. Fue a hablar con su hermano, que estaba haciendo figuras de barro. A él no le parecía extraño que las aves estuvieran en silencio, decía que quizás no tenían de qué hablar. Qué idea tan estúpida, no sabía por qué había ido a preguntarle nada.
Acompañó a su padre y a los demás labradores para echar una mano en los cultivos. El tiempo había sido óptimo durante el año y podrían pasar el invierno con suficientes alimentos para todos. Anduvieron por las lomas y, desde las alturas, divisaron el terreno que usaban para la agricultura. Fue a contarle lo que había soñado, pero en aquel momento no lo recordaba. Su padre se detuvo y los demás también, se quedaron estupefactos ante los cultivos.¿Qué significaban aquellos círculos que se habían formado? ¿Quién los había trazado con tanta exactitud?
A los pocos minutos, casi todo el poblado admiraba aquellas figuras extrañas. Muchos aseguraban que los dioses que habían visitado a sus antepasados habían regresado y les estaban dando señales.
Prepararon un ritual al atardecer y entonces, cuando el sol descendía y las nubes se teñían de naranja, la luna ocultó el sol. La sombra oscureció sus rostros inquietos. Pensaron que aquello era un mal presagio y decidieron que había que hacer algo para complacer a los dioses. De repente, apareció una sombra negra como la noche por detrás de la sierra. Un grandioso manto cubrió el cielo hasta que las estrellas desaparecieron. Iba acompañado de grandes llamas y destellos que se iluminaban de forma intermitente. Un potente estruendo les sobrecogió. Se situó sobre sus cabezas, se quedó allí flotando mientras aquel juego de luces giraba en las alturas. Surgió un haz de luz celeste que cubrió todo el poblado.
No cabía duda de que se trataba de los antiguos dioses.
Sus almas se llenaron de una sensación de bienestar infinita. Poco a poco, notaron cómo una fuerza mística recorría sus venas y sus huesos, entrando por sus orificios e inundando su ser. Su piel comenzó a desprender un fulgor blanquecino. Luego, sus pies dejaron de tocar la hierba. Sus cuerpos eran livianos, se sentían liberados. Curvaron el tronco hacia atrás y ascendieron, ascendieron hacia los cielos como plumas de halcón arrastradas por el viento.
Aquel enigmático y gigantesco objeto fue de pueblo en pueblo buscando a los elegidos y absorbiéndolos. Sus objetivos eran las pequeñas aldeas donde vivían los hombres y mujeres descendientes de los primeros seres humanos que habitaron la Tierra. Y cuando el planeta Tierra no era más que un lejano punto en la inmensidad del espacio, aquellos individuos fueron trasladados a través de un agujero de gusano a otro universo. Ellos, los parientes lejanos de los homo sapiens sapiens naturales, estaban siendo enviados a distintos planetas para ser vendidos como esclavos. No obstante, se les dijo que, como premio por el trabajo y el esfuerzo constante, sus descendientes tendrían el privilegio de regresar a su hogar y contemplar el futuro.
Actualidad:
Por fin se ha detenido. La lluvia ha cesado. Mira a su alrededor, apoyado en la pared del túnel, con la camisa totalmente sudada y el corazón saliéndose del pecho. Ha llegado la hora de salir al exterior.
Ve que la patrulla policial intenta contactar por radio con las demás patrullas sin obtienen respuesta. El grupo sale a investigar el suceso. Se ponen a hablar y finalmente deciden que la gente puede ir saliendo.
- Al habla el agente Jerome Buck -se hizo un silencio sepulcral-. Comunicamos a los presentes que se ha producido un hecho difícil de comprender, pero que temíamos que iba a llegar. Nuestros creadores han llegado para reclutarnos como esclavos, igual que hicieron con nuestros ancestros y con los ancestros de nuestros ancestros. Por favor, por favor, vayan saliendo en orden y en silencio. Ya saben lo que hay que hacer. Mucha suerte.
Ni siquiera se da cuenta de que camina entre cuerpos mutilados.
Apenas puede mantenerse en pie, está muy nervioso e impresionado por aquella gigantesca plataforma de luces y llamas de fuego que se encuentra donde antes estaba el cielo. Una luz celeste ilumina su rostro. Su alma parece calmarse, se relaja y deja que fluya el bien dentro de sí.
Y todos comienzan a ascender, ascender hacia los cielos como plumas de halcón arrastradas por el viento.
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casa en llamas
Cuando mi padre mató a Federico yo tendría unos diez años.
Ya han pasado más de veinte y recuerdo como si fuese ayer la tarde en la que mi padre le dijo a mi madre: Voy a matar a Federico.
Yo estaba sentado en el sofá viendo la televisión. Mi madre a mi lado, cosiendo el bajo de un pantalón. Entonces mi padre llegó del trabajo, dejó la maleta encima de la mesa del comedor como siempre hacía y, de pie, con las manos en los bolsillos, le dijo a mi madre: Voy a matar a Federico.
Las palabras salieron de su boca firmes, auténticas, pletóricas, y me recordaron, quizá por la entonación, quizá por esa firmeza con la que salían despedidas, a unos meses atrás, cuando mi padre dijo: El sábado iremos al zoo. Eran dos frases que no tenían nada que ver, está claro, pero hubo algo que las relacionó, no sé lo que fue, ya digo, es difícil de explicar, quiero decir que cuando mi padre dijo El sábado iremos al zoo, lo dijo de tal forma que sabías que aquello era cierto, sabías que el sábado iríamos al zoo.
Y fuimos.
Mi madre dejó de coser y lo miró con extrañeza. ¿Qué tontería estás diciendo?
Me sorprendió escuchar esa pregunta, ya que era la misma que cuando yo decía que no quería irme a la cama todavía. ¿Qué tontería estás diciendo? A la cama, he dicho.
Así que durante un tiempo metí en el mismo saco no querer irse a la cama con matar a una persona. Los dos actos eran tonterías.
¿Por qué dices eso? ¿Qué ha pasado?, continuó mi madre, que empezaba de nuevo a coser el bajo, como si así pudiera restarle importancia al asunto, como si eso pudiera hacerle cambiar a mi padre de opinión.
Ha hecho algo que no debería haber hecho, dijo mi padre, aún con las manos en los bolsillos, de pie, tranquilo como un fantasma pobre y humilde, muerto ya, fantasma, pobre y humilde.
¿Y qué es eso tan grave que ha hecho?, preguntó mi madre siguiendo con la costura.
Ha perdido unas fotos, contestó mi padre.
¿Qué fotos?, mi madre levantó la vista de su trabajo y miró a mi padre.
Todas nuestras fotos, las de mi familia, mis padres, mis abuelos, las nuestras, todas nuestros viajes, la primera foto juntos, todas, ha perdido todas nuestras fotos. Mi padre caminaba por el comedor.
¿Y qué hacía él con nuestras fotos? ¿Para qué se las dejaste?, ya sabes como es Federico, mi madre empezó a levantar la voz.
No grites. Se las dejé porque su hijo tenía que hacer un trabajo en el colegio. Algo de un árbol genealógico, no sé, qué más da, la cuestión es que las ha perdido todas, los tres álbumes que le dejé.
¡Oh, Dios!, mi madre empezó a llorar. Pero, ¿dónde las ha perdido?, ¿cómo ha podido perder tres álbumes?
No lo sé. Esta mañana al llegar a la oficina es lo único que me ha dicho, que ha perdido las fotos, que no sabe dónde están, que lo siente mucho pero que las ha perdido.
¡Pues que las siga buscando! ¡Maldito retrasado! ¡Las cosas no se pierden así como así!
Da igual. Mañana lo mataré.
Las palabras de mi padre, aunque no lo eran, sonaron tranquilizadoras.
En aquel momento pensé que matando a Federico mi padre haría aparecer las fotos y mi madre dejaría de llorar.
Hoy, más de veinte años después, nada de estas dos cosas ha sucedido todavía.
¡No digas más eso, por favor te lo pido! ¡Eso no es motivo para matar a nadie! ¿Desde cuándo vas tú matando a la gente? ¡Oh, Dios, nuestras fotos, por favor!, sollozaba mi madre.
Está bien, concluyó mi padre.
Recordé entonces, allí sentado en el sofá, una conversación que mantuvieron unos amigos de mis padres que vinieron hace un tiempo a cenar. El amigo le preguntó a mi padre que qué salvaría de su casa en llamas. Mi padre le contestó: Las fotografías. Lo demás lo puedo comprar poco a poco. Mis recuerdos, no.
Aquella tarde quedó rota para siempre.
Y nosotros con ella.
La frase de mi padre rasgó la tarde de arriba a abajo con un chasquido inesperado y salvaje, y nosotros, mi padre, mi madre y yo, dentro de esa tarde y de ese chasquido, no tuvimos más remedio que rasgarnos de arriba a abajo también.
Al día siguiente mi madre vino a recogerme al colegio.
Subimos al coche en silencio, llegamos a casa, merendé, hice los deberes y me senté en el sofá.
Luego se hizo de noche, cenamos los dos juntos y me acosté.
Rain
PARTE I
Esta noche ha tenido uno de sus habituales sueños. Sucedía en la playa, pero no en cualquier playa, estaba en el campamento de verano. Todo parecía más estrecho y alto de lo habitual, como si alguien hubiera estado jugando con las escalas del espacio. Las olas de color azul mate oscuro se alzaban y rompían casi verticalmente. Lo que no recuerda es si podía escuchar el rugido de la espuma.
Por mucho que lo intenta, no puede reconciliar el sueño. Al cabo de unos minutos suena la radio-despertador. ¿De qué sirve que suene si ya está levantado? Está a punto de comenzar otro rutinario día, así que pone el piloto automático y realiza el programa Casa-Universidad: viaje de ida. Para desayunar se prepara unos cereales. Los engulle sin apenas disfrutar de su autentico sabor a chocolate. Se viste con la ropa de diario que tenía preparada. Comprueba satisfactoriamente que lleva todo lo necesario en la mochila, recordando lo que le toca hacer hoy. Enchufa el reproductor de música para que lance aleatoriamente melodías a sus desgarrados tímpanos, coge las llaves y se dirige a la parada del autobús.
Nada más llegar a la calle alza la vista y chasquea los labios cabreado al ver las impresionantes nubes. Regresa al piso, coge el paraguas y vuelve a salir. El chico que reparte periódicos gratuitos le planta un ejemplar en los morros con la rapidez de un lince y no puede esquivarlo. Como de costumbre, la cola del autobús es muy larga y no puede subirse al primero que llega pues se llena enseguida. Abre la última página del periódico para leer lo que más le cautiva, el tiempo, la programación de la televisión y el horóscopo:
Signo: Se presenta una gran oportunidad en tu vida así que aprovéchala. La alineación de los planetas beneficia a tu campo económico, invierte. La canción que, de pronto, reciben sus oídos le encanta así que acompaña el ritmo de la batería con los dedos de los pies. Y de postres, el autobús asoma el morro por la esquina.
Una vez se ha situado entre la barra de metal, el bolso de una señora y el cochecito de un bebé, el conductor arranca el vehículo y éste se introduce por la oscura boca del túnel. Se desanima al pensar en la aburrida jornada que le espera, no sólo en su facultad sino también al salir de clase. Es curioso, ya no se acuerda de lo que había soñado. Algo sobre el mar, seguramente.
Hay retenciones en la salida del túnel, pero no le importa demasiado ya que sigue sin llegar tarde. El atasco es importante, así que mira por la ventana para distinguir el final de la hilera de coches. Se sorprende al ver que hay un montón de gente de pie sobre el asfalto, al final de la vía. Se quita los auriculares y apaga el reproductor para escuchar los comentarios de la gente. Al parecer nadie sabe nada concreto. El conductor les comunica que no les permiten salir del túnel y que permanezcan tranquilos. “Eso nunca significa nada bueno”, piensa él. Se abren las puertas y, mientras algunos deciden quedarse dentro, él decide bajar para investigar. Nunca había andado antes dentro de un túnel. Mientras pasea entre los coches, observa con atención las caras de angustia de los demás pasajeros teñidas por la luz naranja del lugar. Escucha algunos comentarios entre el gentío tales como: “No dejan que nos acerquemos”, “Han bloqueado las salidas y nadie puede salir” Divisa algunos coches patrulla aparcados junto a los últimos vehículos, en el interior del recinto. Quizás ha volcado algún camión con residuos tóxicos o se ha producido un derrumbamiento. Pero no, allí fuera ocurre algo diferente. El caos es demasiado evidente. Los guardias miran hacia arriba constantemente. ¿Qué es ese ruido?
Algo cae del cielo.
Empieza a correr entre la multitud pues no puede ver lo que pasa.
Y entonces les ve.
Lo que presencia no tiene sentido.
Está lloviendo gente.
Resulta inquietante escuchar el sordo chasquido de los huesos al partirse en vez del dulce golpeteo de las gotas de agua. Los cuerpos húmedos se deslizan hacia la oscuridad anaranjada del recinto. Aquellas carnes desgarradas y huesos dislocados le producen más nauseas que todas las películas de terror que ha visto juntas. Muchos se desmayan, conmocionados, pero las ambulancias no podrán llegar para ayudarles, todo está colapsado. Intenta llamar a alguien pero el móvil no funciona, seguramente porque los cuerpos deben de haber roto los repetidores y antenas.
El pequeño pelotón policial indica a los presentes que se aparten de la entrada mientras intentan detener el río de cuerpos. Nadie da explicaciones. Nadie responde a sus preguntas. Todos dicen lo mismo: “No lo sé”. Las cabezas ruedan hacia el interior como sandías machacadas. Son las cabezas de los que caen del cielo. Al verlos se da cuenta de que son hombres y mujeres de tiempos remotos.
El ruido se intensifica, es como un trueno que nunca acaba.
No puede soportar aquella pesadilla más... El calor, el ruido, el olor... Las luces naranjas se apagan y comienza el infierno.
nieve sucia
Un carruaje aparece por la izquierda de la imagen.
Tres caballos, quizá cuatro, lo arrastran.
Hace frío.
Nieve sucia en el suelo.
De los caballos emergen montañas de humo, como si se hubiesen acabado de caer a las brasas.
Un hombre con sombrero se detiene ante la imagen y deja pasar a los caballos y al carruaje, que hace un giro extraño y sigue hacia la derecha.
Más allá, dos monjas caminan una detrás de la otra, quizá buscando una solución, quizá nada.
Aquí, un perro se lame las heridas, la herida, una herida.
En primer plano y acercándose hacia nosotros, dos soldados armados pasean como no queriendo llegar nunca.
Quizá porque ya encontraron la solución, quizá porque no encontraron nada, quizá porque no hay nada que buscar ni que encontrar.
Más allí, una familia llora la muerte de un hijo. La madre trae ropas blancas consigo para tapar al hijo muerto tendido en el asfalto, en la tierra, en el suelo. Detrás, familiares, quizá amigos, quizá conocidos, quizá gente que pasaba por allí y se detuvo ante tal imagen.
Al fondo, unas casas bajas en las que nadie abre la ventana para mirar.
En uno de los tejados, un perro aúlla, o eso es lo que esperamos que haga.
Sin apenas importarle mucho la escena anterior, un niño apunta a otro en la cara con una pistola de juguete. El niño apuntado sonríe dejando ver sus dientes estropeados, como si quisieran decirnos que lo que importa no es la pistola sino la bala. A su lado, una niña se agacha y mira a cámara sonriendo también, quizá para que veamos que sus dientes quieren decir lo mismo.
A lo lejos, un hombre pasa por la calle tocando el violín. Lo acompaña un niño descalzo y otro más pequeño que parece perdido, o quizá ya encontrado.
El hombre mantiene una actitud solemne mientras el niño descalzo representa la desolación.
De todas formas, a ninguno de los dos parece importarle nada.
Dentro de una casa, en una habitación oscura, una mujer de pelo cano se lleva algo a la boca.
No podemos ver qué es. Quizá porque sea algo muy pequeño, quizá porque no sea nada, quizá porque no nos importe.
Hay en su mirada algo que nos dice que ya estamos muertos. Al menos a ella no le importa si lo estamos o no.
En la puerta, a la sombra de la ropa tendida, un perro se lame las heridas, la herida, una herida.
Influenciado por el relato Dentro del encuadre de Robert Coover y acompañado de fotografías de La cámara lúcida de Roland Barthes.